Museo Virtual

Orive Oteo, Salustiano de

Marca nº 1127 (Licor del Polo)
Marca nº 1127 (Licor del Polo)
Marca nº 10635 (Licor del Polo)
Marca nº 10635 (Licor del Polo)
Marca nº 10635 (Licor del Polo)
Marca nº 10635 (Licor del Polo)
Marca española nº 16573 (izquierda) y publicidad argentina del Dentífrico Orive
Marca española nº 16573 (izquierda) y publicidad argentina del Dentífrico Orive
Tira cómica donde sale el Licor del Polo (Madrid Cómico, 1901)
Tira cómica donde sale el Licor del Polo (Madrid Cómico, 1901)
Marca española nº 6240 (Odol)
Marca española nº 6240 (Odol)
Publicidad del enjuague Odol (1913)
Publicidad del enjuague Odol (1913)
Viñeta satírica sobre la guerra de marcas entre Licor del Polo y Odol (1901)
Viñeta satírica sobre la guerra de marcas entre Licor del Polo y Odol (1901)
Patente española nº 22514 (leche fosfatada)
Patente española nº 22514 (leche fosfatada)
Arriba: tarjeta postal anunciadora de 1905. Abajo: locomotora Orive del Ferrocarril de Luchana a Munguía
Arriba: tarjeta postal anunciadora de 1905. Abajo: locomotora Orive del Ferrocarril de Luchana a Munguía

Orive Oteo, Salustiano de (1842-1913). Farmacéutico, fabricante y político español, creador del elixir bucal “Licor del Polo”. Salustiano de Orive nació en el pueblo riojano de Briones, en una familia de labriegos. Sus padres le mandaron a estudiar a un seminario religioso. Pero su estancia en el centro eclesiástico no debió de ser de su agrado, ya que para 1866 lo había abandonado y se encontraba en Madrid, por lo que resulta muy probable que aquellos años de seminarista fueran el origen de la idiosincrasia atea y anticlerical que, tan furibunda, le acompañó hasta el final de sus días. 

En la capital, desempleó diversos trabajos: vendedor de periódicos, aprendiz en botica y telegrafista, compaginados con los estudios de bachillerato como alumno libre, hasta lograr el ingreso en la Facultad de Farmacia de la Universidad Central (1867), cuya licenciatura obtuvo en solo dos años, cuando lo habitual era alcanzarla en cinco, a la vez que sacaba el título de maestro superior, lo que le permitió dar algunas lecciones en centros privados, llegando incluso a disponer de tiempo para cursar un año en la Facultad de Ciencias o trabajar de practicante en una farmacia. Todo ello demuestra la privilegiada inteligencia, la abnegación al trabajo y el enorme tesón de Salustiano de Orive, uno de cuyos métodos para no quedarse dormido, cuando estudiaba por las noches, era meter los pies en una palangana llena de agua fría.

En 1869, se casó en Bilbao con la acaudalada hija de un antiguo alto mando carlista, por lo que seguramente tuvo que disimular, aunque solo fuese por alguna temporada, su animadversión hacia el clero. Al año siguiente, se estableció en la capital vizcaína, donde abrió una farmacia en la calle de Ascao, primero en el número dos y luego en el siete, en un local sobre el que se hallaba su vivienda y que impactaba al entrar en él a causa de la exótica decoración, que recordaba al estilo nazarí de la Alhambra granadina.

En 1871, Orive creaba un producto que ha llegado hasta nuestros días y le haría muy rico en vida: el elixir “Licor del Polo”, una de las marcas españolas más populares. La idea de fabricar un locutorio bucal le vino en Madrid, cuando comenzaba sus estudios universitarios. Orive tuvo que acudir a un dentista para que le sacara un par de muelas que estaban provocándole unos dolores terribles. La extracción de aquellas piezas dentales no fue menos dolorosa, casi como la propia extracción del dinero que tuvo que hacer de su mismo bolsillo para pagar la intervención al sacamuelas. Orive decidió entonces componer un dentífrico que fortificara su dentadura y le evitase futuros padecimientos, tanto de índole odontológica como económica. En la farmacia donde trabajaba de practicante, aprovechó sus conocimientos de botánica para estudiar las propiedades de diversas plantas que conservasen la dentadura y no dañaran las encías.

Finalmente, consiguió un colutorio rojo para la limpieza de la boca,  que básicamente estaba hecho de la destilación de raíces de jengibre, pelitre, lirio, nuez moscada y pimienta negra, aunque también contenía otras sustancias vegetales como anís estrellado, coclearia, hierbabuena, menta, quinas, genciana, berro, ratania o mirra, todas ellas conocidas por tener alguna propiedad desinfectante, sedativa, astringente, anti escorbútica, estimulante de la salivación, blanqueadora, tonificante, aromática o de buen gusto al paladar. Ciertos componentes procedían de regiones muy lejanas como Japón, América del Sur o el Ártico.

En cualquier caso, Orive nunca desveló la fórmula magistral de su elixir, costumbre muy habitual entre farmacéuticos de la época para evitar imitadores. La legislación española prohibía los medicamentos secretos desde 1866, aunque era muy laxa con dentífricos y enjuagues bucales, considerados productos cosméticos.

En origen, la denominación “Licor del Polo” respondía a un homenaje que Orive quiso hacer a un amigo suyo y compañero de estudios que se llamaba Apolinar Espinosa y tenía los motes cariñosos de “Apolo” y “Polo”, al que prometió dedicar el primer producto que inventara como farmacéutico. El elixir podía haberse llamado “Licor de Apolo” e incluso tal nombre podía haber tenido sentido, por cuanto servía para embellecer la boca, pero la presencia en el elixir de sustancias de procedencia boreal decantó la denominación en favor del otro apodo con el que era conocido el amigo de Orive.

Aunque hoy Licor del Polo nos parezca uno de tantos enjuagues bucales, en su época no lo era. A pesar del secreto de su fórmula, Orive inventó su elixir con el cuidado propósito de que los agentes desinfectantes, limpiadores, calmantes o gustativos no destruyeran el esmalte de los dientes ni fuesen directamente tóxicos, efectos que sí eran relativamente comunes en otros productos dentífricos que incluían en su composición opio, azúcares, ácidos, mercurio, silicio. bicloruro de estaño, fenol o fenilo.

Buena parte de la fama del elixir se debió precisamente a que no presentaba contraindicaciones ni efectos secundarios de relevancia, por lo que sus usuarios notaban por ellos mismos las ventajas y las transmitían, nunca mejor dicho, por el boca a boca, corroborando la veracidad de las exhaustivas campañas publicitarias que el propio Orive incluyó en prensa y donde el principal eslogan era El que lo usa lo recomienda, toda una obra maestra del márquetin.  

Además, Orive estuvo al tanto de los avances médicos de su tiempo, como las técnicas de esterilización desarrolladas a partir de 1865 por el francés Louis Pasteur (1822-1895) y el británico Joseph Lister (1827-1912), la tesis del odontólogo galo Émile Magitot (1833-1897) sobre la influencia de los ácidos en la formación de las caries (1867) o el descubrimiento de los bacilos de la tuberculosis (1882) y del cólera (1883) por el alemán Robert Koch (1843-1910), así como los postulados determinados por este último para establecer las condiciones patógenas de un organismo (1884). Asimismo, Orive perteneció a instituciones científicas como la Asociación Médico Farmacéutica Española (1871) y la Sociedad Científica Europea de París (1881). Escribió dos breves estudios, sobre el cólera (1885) y sobre la tuberculosis (1897).

Orive fue un convencido defensor de la higiene bucodental, que consideraba básica para la salud general de las personas y tenía por entonces un escaso interés científico, siendo un campo abonado para charlatanes, dentistas desaprensivos o intrusos en la profesión farmacéutica como perfumistas y drogueros. Él mismo hizo gala de tener a los sesenta y cinco años de edad la dentadura completa (excepto por las dos muelas que le sacaron en Madrid), al igual que eran célebres los empleados de su farmacia, siempre con los dientes impolutos y las encías impecables. Se contaba que, incluso, sus trabajadores podían ser despedidos si mostraban una dolencia bucal durante más de un mes usando Licor del Polo y sin que hubiera una causa mayor que la justificase.

Rumores aparte, el Licor del Polo puede ser considerado, por tanto, el primer elixir bucal moderno, por sus componentes naturales, su preparación científica e industrial, su difusión mercantil y su contribución a una cultura de la higiene dental y estomatológica, incluso mucho antes de la aparición de otro colutorio mítico: el “Listerine”, creado en 1895 por el farmacéutico estadounidense Jordan W. Lambert (1872-1917). 

El elixir Licor del Polo recibió numerosas medallas y diplomas en exposiciones y certámenes nacionales e internacionales: Valladolid (1871), Madrid (1873 y 1882), Viena (1873), León (1876), Lugo (1877), París (1876, 1878, 1881 y 1884), Barcelona (1888), ganando asimismo el primer premio en el IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía celebrado en Madrid (1898) y llegando a ser alabado por los mismísimos Pasteur y Koch.

Orive comenzó fabricándolo y poniéndolo a la venta en su propia farmacia de Bilbao, pero no tardó en necesitar unas instalaciones más amplias donde producirlo. El lugar elegido inicialmente fue Areta, lugar cercano a Llodio (Álava) que contaba con una estación de tren. Pero la fábrica volvió a quedarse pequeña, por lo que Orive tuvo que fundar en 1878 otra mayor y más moderna en lo que hoy es el barrio bilbaíno de Deusto.

En 1907, esta industria era consideraba modélica entre las empresas de la zona, al tener un avanzado sistema de filtración de aguas, así como maquinaria y luz eléctricas (con energía suministrada desde la burgalesa Miranda de Ebro y también por la propia fábrica mediante una dinamo), pero también era ejemplar a causa de las buenas condiciones que disfrutaban los obreros, en relación a la higiene en el trabajo, la contratación de mujeres o la disponibilidad de vivienda.

Las casas de los obreros de la fábrica de Deusto fueron celebradas en su tiempo como estímulo para iniciativas gubernamentales y patronales en temas de vivienda social. Los empleados de Orive (unos cien) pagaban entre doce y treinta pesetas de alquiler mensual por un hogar de cuarenta metros cuadrados, bien ventilado y orientado al sol, con cocina, inodoro, agua depurada y luz eléctrica gratuitas, si bien la iluminación solo salía de balde en las zonas comunes (portal, escalera y pasillos), debiéndose abonar dos pesetas mensuales para su disfrute libre dentro de los domicilios.

El elixir se embotellaba en un frasco de vidrio de unos cien centímetros cúbicos. El precio de venta fue siempre el mismo: seis reales (peseta y media). En 1879, la producción era de 100000 frascos al año, ampliada a 260000 en 1885, 360000 en 1906 y 720000 en 1913, lo que indica el alto grado de aceptación del producto en el mercado. Algunas firmas e instituciones farmacéuticas nacionales hacían pedidos de 10000 botellas pagadas al contado. Desde su farmacia de Bilbao, Orive desplegó toda una red de distribuidores del elixir, tanto a nivel nacional (con 38 puntos de venta) como a nivel internacional, en Europa y América del Sur (Argentina, México y Brasil).

Además, todo el fabuloso negocio que Orive consiguió gracias al Licor del Polo estuvo acompañado de un empleo masivo de anuncios en periódicos a escala local y nacional, en un grado y con una originalidad, pero también agresividad, muy poco comunes en la España de aquella época, razón por la que Orive puede ser considerado uno de los modernizadores de la publicidad española.

Era perfectamente consciente de que los anuncios publicitarios tenían mala fama en su época, por lo mucho que mentían, pero consideraba que el abuso no justificaba la proscripción de su uso, por la razón de que, según sus mismas palabras, los malos productos no engañaban más que una vez, algo que no sucedía con el Licor del Polo y, asimismo, venía a demostrar la confianza, de talante muy democrático y liberal, que Orive tenía hacia la inteligencia y las preferencias de los consumidores.

Entre las estrategias que empleó se encontraba el incluir dentro de los anuncios cartas de agradecimiento con los testimonios de supuestos usuarios, farmacéuticos, médicos o dentistas (quizá pagados o incluso inventados) comentando las bonanzas del elixir (analgésico contra el dolor de muelas, prevención de caries, fortalecimiento de las encías, eliminación de la halitosis) o sus preferencias hacia el mismo en detrimento de los productos de otros fabricantes.

Aparecían también poemillas, ripiosos y socarrones, cuyo autor era el propio Orive. Valgan de muestra estas dos que a continuación siguen:


Luciano que te quedas solo
y de verdad que lo siento.
Pero usa “Licor del Polo”
¡Para que no te huela el aliento!

Al Polo fue Sisebuto
hace un año y no me escribe
¿Habrá muerto de escorbuto?
Por no llevar el muy bruto
“Licor del Polo” de Orive.

Otros innovadores métodos publicitarios y promocionales efectuados por Orive fueron la redacción de anuncios en cuatro idiomas (castellano, francés, inglés y vascuence), la inserción de viñetas cómicas o de invectivas políticas, el empleo de fuentes emplazadas en las exposiciones y por donde manaba el elixir o colonia, o la rifa de un chalet (entre quienes comprasen un lote de sus  productos por valor de seis pesetas).

Incluso, Orive pudo ser un pionero de la “performance”, aunque la suya hoy nos pueda parecer de dudoso gusto o, sin más, una infamia. Así, con motivo de la Semana Grande de Bilbao, parece que contrató a un negro guineano para que se colgara del Puente de Vizcaya con la sola sujeción de una cuerda que mordía entre sus dientes y, además, portando un cartel en sus manos, en el que iban escritas las excelencias del Licor del Polo con el que supuestamente aquel hombre habría hecho antes sus enjuagues, proporcionándole a su dentadura una fuerza sin igual. Además, el público podía comprobar con nitidez el reluciente blancor de las piezas dentales del desdichado individuo en contraste con su piel oscura, constituyendo aquel espectáculo, bochornoso se mire como se mire, una prueba indeleble del poder del elixir y de sus efectos casi mágicos.

Aunque esta anécdota del negro colgado de un puente bien pudiera ser inventada y no tratarse más que de un “fake”, no le estaría quitando un ápice a la influencia del producto dentro del imaginario popular ya a finales del siglo XIX o principios del XX. En este sentido, la denominación “Licor del Polo” permeó de forma acusada en la sociedad española como pocos productos industriales de su época, llegando a ser citado su nombre en el sainete El último chulo (1900) de Carlos Arniches (1866-1943).

Orive mismo fue propagandista de sus negocios y productos concediendo entrevistas y permitiendo reportajes sobre sus establecimientos. También se sirvió de su propia imagen exhibida en anuncios, etiquetas o marcas.  En no pocas ocasiones, él mismo realizaba una publicidad muy agresiva contra los críticos, la competencia o los imitadores del Licor del Polo. Por ejemplo, en 1878, publicó en periódicos de toda España un desafío a los autores de dentífricos de todo el mundo solicitándoles que demostraran la superioridad de sus productos respecto al Licor del Polo, de modo que si ganaban les otorgaría una medalla de oro y dos mil pesetas, algo que no llegó a suceder o de lo que no hemos tenido noticia que pasase.

La importancia que Orive daba a la publicidad era tan grande que solicitó en 1901 una patente (la nº 27200) a favor de unas tarjetas postales anunciadoras, aprovechando la popularidad que estos soportes estaban adquiriendo en los albores del siglo XX. La idea era que el propio Orive fabricaría unas tarjetas postales en cuyos espacios libres (los permitidos por el reglamento de Correos) irían anuncios de las industrias y los comercios que quisieran valerse de este sistema publicitario. Las tarjetas no requerían hacerse en ningún material especial y podían adecuarse a cualquier otro en el futuro. Sus dimensiones se ajustarían a lo que determinara la administración postal y la inserción de los anuncios podía hacerse mediante imprenta, fotograbado, fototipia, linotipia o cualquier otro de reproducción gráfica.

Se trataba, por tanto, de que las empresas privadas y un servicio público como el postal se beneficiasen mutuamente, ya que las primeras aprovecharían la infraestructura del segundo para darse a conocer en cualquier parte de España o del planeta con un coste casi cero (o al menos con un precio que estaría licenciado por el propietario del invento, es decir, Orive),  mientras que el beneficio de la empresa estatal radicaría en el crecimiento de los ingresos que, en concepto de tarifas postales, proporcionaría al Tesoro Público, por mor del mayor uso de las tarjetas (habida cuenta de su utilidad publicitaria). 

El argumento empleado por Orive para justificar su invento resulta muy interesante, en la medida en que es una muestra de lo que podría calificarse como “egoísmo racional”, muy propio de la tradición económica liberal. Los agentes económicos al buscar su beneficio particular no lo harían luchando o depredándose entre sí, sino a través de la mutua colaboración y las necesidades compartidas. De manera parecida, en un artículo del diario ABC (25 de agosto de 1907), Orive argumentaba que el nacimiento del Licor del Polo había sido consecuencia de su egoísmo particular (aunque tan justo y legítimo como el de no querer sufrir más un dolor de muelas), pero precisamente su propio interés, incluso el lucrativo, tuvo como efecto el beneficio de muchas personas que pudieron mejorar su higiene bucodental y, por ende, la salud general de sus cuerpos.

En cualquier caso, la administración española consideró que las tarjetas postales anunciadoras inventadas por Orive no merecían ser un objeto patentable al no constituir ningún producto industrial, por lo que la solicitud del certificado fue desestimada.

El éxito del Licor del Polo atrajo a numerosos farmacéuticos que lo imitaban fraudulentamente. A partir de 1879, la publicidad del elixir hizo continuas advertencias a los consumidores para que tuvieran cuidado con plagios, falsificaciones y copias que pretendían suplantar su nombre o tener una apariencia semejante en el aspecto, la composición o el recipiente. En 1884, por ejemplo, se consignaba que todos los frascos con la etiqueta “S. de Orive, Bilbao” eran un fiasco. En 1901, se avisaba al usuario de que estuviera atento a los frascos que adquiría, porque debían cumplir los siguientes requisitos: llevar la denominación “Licor del Polo de Orive, Ascao 7, Bilbao” estampada en relieve sobre el cristal del envase, así como leerse la inscripción “Farmacia de Orive, Bilbao” sobre la cápsula blanca que cubría el frasco y también el apellido Orive en el cuello del envase y en blanco sobre verde y oro.

Entre 1881 y 1904, Orive solicitó un total de nueve marcas de fábrica con la denominación “Licor del Polo”, bien para productos farmacéuticos en general, bien para un dentífrico. La primera de ellas (registrada con el nº 990) le fue desestimada en 1881 por no corregir los escudos y armas reales que iban dentro de las medallas con las que había sido premiado el producto en varias exposiciones y que figuraban como elementos prestigiosos del mismo, a la vez que servían de motivos decorativos de la etiqueta (de 34 cm de largo, 22 de alto y 93 de perímetro), todo ello en virtud del artículo 7.2 del Real Decreto de 20 de noviembre de 1850, la primera legislación española de marcas (vigente hasta 1902). Desgraciadamente, no ha quedado rastro de la imagen de esta marca, algo comprensible al carecer de curso burocrático, si bien se conserva el resto de la documentación.

Orive tuvo mejor suerte con el segundo signo distintivo que solicitó para Licor del Polo. En 1882, le era concedida la marca nº 1127. Esta vez, la marca sí ha quedado conservada en uno de los álbumes de registro. Se trata de un pequeño logotipo circular que contiene el caduceo de Mercurio y una balanza, símbolos respectivos del comercio y la justicia, incluyendo el nombre del elixir y el texto “S. de Orive, Bilbao” dentro de una banda, precisamente la misma inscripción por la que se alertará sobre su falsedad dos años después al consumidor. Esta marca fue renovada en 1902 al entrar en vigor la nueva ley de propiedad industrial, obteniendo el nº 9107.

El hecho es que la documentación del expediente nº 1127 contiene un oficio emitido en 1904 por un juzgado de Zaragoza, recabando información al Registro de la Propiedad Industrial sobre varias marcas concedidas ese mismo año a Orive (las del expediente nº 10635), todo ello en virtud del litigio emprendido por éste (famoso también por sus innúmeros pleitos) contra Federico González Sanz, un farmacéutico de la capital aragonesa que había puesto a la venta un compuesto llamado “Licor del Polo”. Finalmente, en 1905, la justicia favoreció a Orive y, dado que el usurpador había fallecido, condenó a su viuda e hijos a indemnizar al legítimo propietario de la denominación y a retirar del mercado las copias fraudulentas.

Como ya ha sido apuntado, la tercera marca “Licor del Polo” fue concedida en 1902 con el nº 9107 como renovación de la que fue pedida veinte años atrás, por lo que ambas tienen idéntico diseño. En esta ocasión, la marca caducó en 1908 al no ser pagado su segundo quinquenio. En 1904, Orive obtuvo cinco marcas, todas ellas con el nº 10635 y específicamente para un producto dentífrico cada una, aunque son muy diferentes entre sí en diseño y ornamentación.

Tres de ellas presentan gran colorido y en cada una pueden encontrarse de nuevo la marca del caduceo y la balanza, los diversos premios, algunas virtudes médicas del elixir, pero también la propia firma de Orive y una advertencia en tono admonitorio, dirigida a los “criminales falsificadores”, de que la marca está protegida por el Estado, al parecer por una ley del 29 de setiembre de 1882 (que no hemos podido o no sabido dilucidar), y que a causa de dicha ley los infractores deben atenerse a las consecuencias. Asimismo, se incluyen instrucciones que deben seguir los consumidores para saber si el producto que han comprado es auténtico o no, instándoles a rechazarlo en caso negativo. En este sentido, Orive señala que ha perfeccionado el elixir para que no pueda ser falsificado, de manera que, si se vierte un poco sobre agua, debe producirse en la superficie de ésta un color amarillento rosado que tras un agitado se transmuta en rosado fresa.

Las otras dos marcas representan la denominación del elixir y el típico frasco que lo contiene. Las cinco marcas de este expediente tuvieron una larga vida administrativa hasta caducar en 1963, pasando por diversas cesiones de propietarios, empezando por los hijos y herederos de Orive, organizados en una testamentaría. La última marca “Licor del Polo” que Orive registró en vida fue la nº 16573, concedida en 1910, igualmente para un dentífrico. El signo consiste en un retrato casi completo del autor del elixir a los 67 años, dando buena fe de su salud, aunque solo faltasen tres años para perderla para siempre. Empero, la vida de esta marca fue más corta que la de su propietario original, al caducar en 1951 tras pasar por varios dueños, descendientes todos de Salustiano de Orive.

Como puede fácilmente colegirse, aquel boticario de Zaragoza no fue el único “vivo” (así denominaba Orive a los usurpadores) que actuó de forma tramposa contra el legítimo propietario del Licor del Polo. En 1901 y 1906, Orive llegó a sendos acuerdos con un farmacéutico de Barcelona y otro de Logroño para que retirasen los frascos conteniendo el compuesto espurio. Las denuncias contra los falsificadores aparecían en anuncios de prensa firmados por el mismo Orive, que aprovechaba para hacer una loa a los derechos de propiedad, afirmando que conculcarlos suponía no solo la injusticia de robar el producto de un duro y honrado trabajo efectuado a lo largo de muchos años, sino también poner en peligro la salud de las personas.

Orive tuvo que combatir a sus plagiadores también en el extranjero. En 1913, se vio obligado a registrar la marca argentina nº 26291 con la denominación “Dentífrico Orive” para proteger el colutorio ante la presencia de imitaciones en el país sudamericano. La marca se anunciaba en la prensa de aquel país, alertando igualmente a los consumidores argentinos de que no se fiaran de aquellos colutorios que llevasen la palabras “Licor del Polo” o Licor del Poro” y, además, se indicara en ellos el haber sido fabricados en Argentina, ya que no era cierto, pues el elixir se elaboraba exclusivamente en España y el único importador autorizado era un tal Francisco López, de Buenos Aires.

Sin embargo, la campaña mediática más larga e intensa que realizó Orive en defensa del Licor del Polo no fue contra ningún boticario aprovechado, sino contra un legítimo competidor procedente de Alemania. Se trataba de otro enjuague bucal, denominado “Odol”, inventado en 1891 por el químico Richard Seifert (1861-1919) y comercializado desde 1895 por Karl August Lingner (1861-1916), que lo registró dos años más tarde en España mediante la marca nº 6240.

El Odol estaba hecho a partir de aceites esenciales, de ahí su nombre, que era una contracción de la palabra griega “Odoús” (diente) y de la latina “Oleum” (aceite). Pero también contenía fenol, sacarina, ácido salicílico (el mismo principio activo de la aspirina), elementos que averiguó el propio Orive en 1899, cuando el Odol comenzó a publicitarse en nuestro país, y que ya se sabía que no eran convenientes para la salud, pues uno era tóxico (el fenol) y los otros favorecían la aparición de caries. Aun así, el Odol estuvo avalado en nuestro país por una eminencia de la bacteriología como Jaime Ferrán Clúa (1851-1929), responsable de las primeras vacunas en España contra el cólera (1884), el tifus (1886) o la tuberculosis (1897). Actualmente, “Odol” es la principal marca de higiene bucal en Alemania. 

En cualquier caso, aquel enjuague que vino del extranjero supuso el primer rival que amenazaba seriamente el régimen de casi monopolio que Licor del Polo detentaba en España. Al igual que el elixir español, Odol fue promocionado con una intensa campaña de publicidad, sin precedentes en Europa, teniendo una gran aceptación no solo en España o en su país de origen, sino también en Austria, Rusia y hasta en Argentina.

El Odol se vendía prometiendo una limpieza de la boca mucho más duradera y eficiente que la de cualquier otro producto dentífrico, ya que mantenía la asepsia durante horas y actuaba dentro de los agujeros de las muelas picadas. Pero su éxito estuvo acompañado del original diseño de su envase de porcelana y cuello curvo, de la moderna grafía del logotipo y, sobre todo, de carteles de alta calidad estética realizados por creadores del “art noveau” como Franz von Stuck (1863-1928) o Thomas Theodor Haine (1867-1948), llegando este enjuague, incluso, a disfrutar de un poema en su honor, compuesto en 1902 por el músico italiano Giacomo Puccini (1858-1924) y cuyo título, L’Ode all’Odol, constituía un ingenioso palíndromo.

Orive no fue el único que denunció los ingredientes perjudiciales del Odol, al que, mediante otro palíndromo, sarcásticamente llamaba “Lodo”. También lo criticaron numerosos fabricantes de dentífricos en Francia, Bélgica, Inglaterra o la misma Alemania. A través de la prensa nacional, el farmacéutico español se enzarzó con el representante y los importadores de Odol (radicados en Barcelona), en una larga y viperina polémica que duró hasta bien entrado el año 1901 y fue seguida con avidez por los lectores españoles.

Ambas partes esgrimieron análisis y contra análisis químicos, cifras de ventas exageradas, noticias manipuladas, se caricaturizaron entre sí, se hicieron mutuas acusaciones de plagio, de ignorancia científica, de anti patriotismo, de propiciar la mala salud bucodental de los españoles, de compraventa de premios y de un sinfín de defectos morales como la envidia, la avaricia, la mentira, la hipocresía o la soberbia. En fin, una muestra inequívoca de que el tan traído y tan llevado “y tú más” no es un argumento exclusivo de las dialécticas de nuestro tiempo.

Para defender su producto, el fabricante germano enarbolaba la bandera del progreso, representada en la enorme factoría que tenía en Dresde. Por su parte, Orive recurría al sentimiento nacionalista español, al proteccionismo económico (cuando él era un convencido librecambista) y a presentarse como una especie de David en lucha contra Goliat.

Incluso llegó al extremo de inventarse un falso falsificador, es decir, una marca llamada “Opol” que se anunciaba, insertada entre las dos marcas rivales, con las mismas propiedades, composición y gusto del Odol, pero más barato (a dos pesetas frente a las 3,5 del otro) y comercializado por unos farmacéuticos llamados Pérez y Compañía, todo ello con la intención de mostrar el Licor del Polo ante los lectores como un producto genuino e inimitable y, ya de paso, hacer probar a los alemanes la propia medicina (nunca mejor dicho) que él mismo había sufrido con los plagios de su elixir. Al final, Orive pudo con el Odol, cuya publicidad dejó de anunciarse a mediados de 1901, pero la batalla por ganarse a la opinión pública había costado a los dos bandos unas ingentes sumas de dinero. 

Obviamente, el famoso colutorio de Orive no fue el único producto que salió del laboratorio de su farmacia bilbaína. Hubo otros medicamentos, colonias, incluso bebidas alcohólicas y refrescos. En 1871, elaboró una esencia híper concentrada de zarzaparrilla hondureña, que también incluía raíces gomo-resinosas procedentes de China y ramas de árboles exóticos como el guayaco o el sasafrás. Bastaba media cucharada de esta esencia para convertir el agua en una bebida refrescante, inalterable y sin impurezas, con propiedades diuréticas. También se presentaba dulcificada o yodurada, en este último caso con virtudes anti sifilíticas y anti tumorales.

En la Exposición de Valladolid de 1871 donde fue galardonado por primera vez el Licor del Polo, también lo fue otro producto de Orive, una “triple” agua de Colonia que no solo servía para perfumar, sino que también tenía un efecto tónico-curtiente sobre la piel, proporcionándola frescura y lozanía, y cualidades desinfectantes que curaban o evitaban los granos. Se anunció a partir de 1873 a un precio de tres a doce reales y fue seguramente el producto de Orive más conocido después del elixir bucal. Asimismo, esta colonia fue premiada en otras ocasiones, por ejemplo, en la Exposición Farmacéutica de Madrid (1882), celebrada en el Jardín Botánico, donde Orive instaló una fuente por la que manaba la líquida fragancia, demostración por la que fue felicitado por el rey Alfonso XII, para mayor disgusto, sin embargo, del farmacéutico, republicano recalcitrante como era y convencido de que solamente había ganado la medalla de plata a causa de su credo político. Con posterioridad, a partir de 1910, la colonia fue mejorada para que sirviera de remedio contra la tos y los catarros, simplemente mediante unas friegas por todo el cuerpo.

En las Exposiciones de Madrid y Viena de 1873, también fue premiado un bálsamo anti reumático “anodino”, o lo que es lo mismo, que calmaba el dolor. El producto fue perfeccionado a partir de 1875, convirtiéndolo en una especie de analgésico universal, superior a otros bálsamos de aquel tiempo (Opodeldoch, Fiorabenti, Ricord). De color verde, se vendía a ocho reales el frasco (a dos pesetas durante la década de 1890) y fue otro de los productos de Orive con más aceptación, por lo que también se falsificó y su autor tuvo que hacer advertencias a los consumidores para que no les dieran gato por liebre. Dejó de anunciarse a partir de 1910.

En 1875, Orive anunció en la prensa bilbaína el “Licor del Bombardeo”, en homenaje a los soldados liberales que habían luchado victoriosamente el año anterior durante el asedio de Bilbao por las tropas carlistas. En aquella batalla, el propio Orive combatió en un batallón de auxiliares (milicia ciudadana) al servicio del bando constitucionalista, lo que debió de producir no poco enfado a su mujer, piadosa como era, o a su suegro, carlista convencido, con cuyo dinero, además, pudo Orive establecer la farmacia. Por lo demás, tal licor se vendía a 20 reales la botella en cafés y tabaquerías de Bilbao.

En las Exposiciones de León y Lugo, celebradas respectivamente en 1876 y 1877, fue premiado un licor tenicida inventado por Orive junto al médico Tomás de Orruma Izaguirre, un amigo republicano con el que se había asociado. Se aseguraba que este medicamento hacía expulsar la solitaria en tan solo ocho horas y que, asimismo, carecía de cualquier efecto secundario, administrándose solamente bajo supervisión facultativa de los inventores en la propia farmacia. Se comercializó a partir de 1878, vendiéndose igualmente bajo licencia en el establecimiento madrileño del farmacéutico Pablo Fernández Izquierdo (1839-1893), otro relevante activista demócrata. Aunque el importe era devuelto si el paciente no arrojaba el parásito, su precio era exorbitado: 400 reales (unas cien pesetas de la época), razón más que probable de su poca demanda y, por consiguiente, de su rápido abandono por parte de Orive y su socio.

En su farmacia, Orive también elaboró otros productos como vinos tónicos o aperitivos con propiedades estomacales, así como un matarratas muy potente al que bautizó “Espigamarsil”, acróstico que se correspondía con los apellidos (Espinosa, Gamarro y Río Sales) de los pretendientes de sus hijas, lo que da una idea del cariño que les tenía y de cómo se las gastaba. Aunque no fuera de su autoría y a pesar de su ateísmo (o precisamente por ello), Orive expendió en su farmacia un remedio para cicatrizar las úlceras herpéticas, de extraña denominación: “Jarabe sulfo-fénico de Dios e hijo”.

A finales de la década de 1870, la farmacia de Orive se había convertido en depósito de medicamentos de otros fabricantes (nacionales o extranjeros) para la venta al por mayor y al detalle, con garantía de su pureza, frescura y legalidad, remitiéndose a cualquier punto del país a las 24 horas de ser demandados, sin coste de porte o de embalaje. Otros servicios de la farmacia eran los análisis de minerales y unos embalsamamientos por métodos especiales. 

Orive inventó también un reactivo para detectar si los vinos contenían fucsina, un colorante con el que se adulteraban y que resultaba tóxico por su contenido en arsénico. El sistema consistía sencillamente en meter una hebra de lana en el vino y a continuación introducirla en el reactivo. Si la hebra se quedaba blanca, entonces el vino era auténtico. En 1879, Orive presentó el método ante el Ministerio de Fomento y la Dirección de Aduanas, pero no fue considerado fiable tras la evaluación hecha por los químicos Manuel Sáenz-Díez García-Pinillos (1824-1893) y Magín Bonet Bonfill (1818-1894).

La farmacia bilbaína de Orive no solamente fue un lugar donde se fabricaban y expedían medicamentos, enjuagues, fragancias o alcoholes. También estableció en ella desde el comienzo un servicio de baños y duchas al que denominó Balneario Higiénico de Orive, no sin cierta pomposidad, pues no era más que una casa de aseo, negocio bastante rentable por entonces, ya que muchas viviendas carecían de baño o siquiera agua corriente, algo solo accesible a los más pudientes. Si bien el exótico entorno de reminiscencias árabes y el mobiliario, compuesto de lujosos tocadores y pinturas al óleo, pudieran dar la sensación a los clientes de encontrarse en algo así como un hamán turco o un exclusivo sanatorio de aguas termales o medicinales, quizá no fuese descabellado considerar a Salustiano de Orive precursor, incluso, de los modernos spas, auténticos balnearios urbanos.

El servicio contaba con una docena de bañeras de mármol y dos estancias para agua fría y caliente. Se ofrecían baños rusos (saunas) y de agua pulverizada. El precio oscilaba entre una peseta (la ducha de agua fría) y 2,50 (la caliente), lo que además daba derecho a una pastilla de jabón aromatizado, un poco de colonia de la casa y, de solicitarse, ropa colada y caliente.

En 1877, Orive abrió un consultorio en su farmacia denominado Policlínica Médico-Farmacéutica de Bilbao junto a otros cuatro facultativos (su amigo Orruma entre ellos), acreditados en males venéreos, enfermedades ginecológicas y pulmonares, de la piel y de los ojos, en pediatría y en cirugía. El gabinete estaba abierto las 24 horas del día y en él podían practicarse todo tipo de intervenciones quirúrgicas.

La idea era que los pacientes acudieran a la policlínica para ser diagnosticados adecuadamente por los médicos y, de manera inmediata, adquiriesen en el propio establecimiento de Orive los remedios recetados y preparados de antemano aplicándoselos allí mismo bajo supervisión de los doctores, tras lo cual el paciente abonaba el honorario (una peseta) al médico que lo había atendido y el precio del medicamento a Orive. Como puede adivinarse con facilidad, la policlínica obedecía también al principio del egoísmo racional por el que diversos agentes (pacientes, médicos y farmacéutico) se beneficiaban mutuamente buscando su interés propio (la salud en unos casos, el lucro en otros).

Además, este consultorio resultaba bastante innovador. No era frecuente que las farmacias sirvieran de dispensarios, tampoco que los medicamentos (específicos) estuvieran preparados con antelación o que los pacientes se los aplicaran en el acto. La policlínica creó bastante polémica, ya que sus críticos la consideraban un subterfugio de Orive para vender más y se obligaba de una manera tácita al paciente a que comprase todo el medicamento tan solo habiendo probado una dosis. En todo caso, el consultorio no duró mucho y quedó fenecido en 1878. 

Aquella farmacia también fue un centro de reunión muy activo políticamente, donde los círculos antimonárquicos y progresistas de la ciudad celebraban tertulias y asambleas. Orive militó en el Partido Republicano Democrático-Federal (PRDF), fundado en 1868 por Francisco Pi Margall (1824-1901), que llegó a ser presidente y ministro de Gobernación de la Iª República (1873). En 1882, Orive fue nombrado secretario de la sección vizcaína del PRDF, de cuyo órgano de propaganda, el semanario Euskaldun-Leguia, era director-propietario, encontrándose la sede en el mismo domicilio que la farmacia. Al año siguiente, representó a los republicanos vizcaínos en la Asamblea Federal del partido, sucedida en Zaragoza. En 1901, fallecido Pi Margall, contribuyó con cinco pesetas a la cuestación pública para erigirle una estatua.

Con el tiempo, su visión de España acabó siendo ácida y pesimista, dando por imposible el progreso del país, a causa de un exceso de vagancia, la confianza en la lotería o en la charlatanería como medios de prosperar, el gusto por el despilfarro, el desprecio hacia el ahorro, los ejemplos perniciosos de los políticos, su incompetencia manifiesta, el conformismo del pueblo, su falta de constancia y, muy especialmente, el dejar las cosas al azar.  

Toda esta significación política, acompañada de un verbo incendiario, le provocó a Orive la enemistad frontal de los conservadores bilbaínos, llegando a ser agredido mientras paseaba por Bilbao, ante lo que no se arredró en absoluto y se defendió a puño limpio y bastonazo suelto. Su anticlericalismo era tan radical que se comentaba que, si veía alguna de las palomas que criaba en la terraza de su casa posarse en las torres o en el pórtico de una iglesia próxima al domicilio, luego la estrangulaba en presencia de sus compañeras para escarmiento de todas.

Igualmente, en su desopilante y estrambótico testamento, dejó consignado el desheredar a los legatarios que profesaren en orden o congregación religiosa, con el siguiente apotegma: El que todo lo espera de ultratumba nada necesita de este mundo terrenal. Asimismo, prohibió tajantemente en su herencia que el dinero destinado para obras benéficas, construcción de escuelas o conservación de instrumentos musicales se dedicara a objetos y fines religiosos, a enseñanzas de cualquiera de las confesiones o al acompañamiento de procesiones y fiestas devotas. Según Orive, las religiones solo conseguían nublar los cerebros e impedir la formación de ciudadanos honrados y dignos de pública estimación. 

En cualquier caso, los negocios de Orive no estuvieron circunscritos únicamente a su farmacia. En 1895, ya tenía establecida en Erandio (Vizcaya) una vaquería modelo, en la que aplicó un procedimiento, de propia invención y patentado en 1898, para filtrar, esterilizar y conservar la leche introduciendo el vacío y teniendo como resultado un producto denominado “leche fosfatada”.

Protegido mediante la patente nº 22514, el método preveía el ordeño de la leche y su recogida en condiciones de la máxima higiene posible, por lo que era preciso limpiar los pezones de las vacas con agua tibia, depositar la leche en vasijas aseadas, airearla convenientemente y enfriarla hasta los 14ºC. Acto seguido, la leche se vertía en un tanque para luego conducirla mediante un tubo hasta un aparato de filtración de forma cilíndrica y hecho en hierro galvanizado. Allí, una prensa de tornillo hacía que la leche atravesara un total de seis diafragmas, tres de rejilla o tela metálica de alambre galvanizado de 0,2 mm de espesor, mientras que los restantes eran de bayeta. Todos estos filtros iban sujetos y comprimidos mediante arandelas de caucho desulfurado, dispuestos de manera alternada (uno metálico, uno de bayeta, etc.).

De manera preliminar, el inventor esperaba despojar a la leche no solo de sus impurezas genéricas, sino igualmente de algunos gérmenes contraídos durante el ordeñado, procedentes sobre todo del excremento de las vacas, tal y como se comprobaba en el polvo de boñiga que se quedaba en los filtros. Éstos debían ser sometidos luego a un lavado escrupuloso y a su completa esterilización, lo que también era necesario hacer con los demás elementos que hubiesen estado en contacto con la leche.

A continuación, la leche se vertía en botellas, llenándolas solo hasta 4/5 partes de su capacidad. Los recipientes así preparados y perfectamente tapados pasaban después a un aparato esterilizador de pasteurizado, donde la temperatura debía elevarse gradualmente hasta alcanzar los 102ºC, manteniéndolos allí durante 45 minutos a ese mismo calor, tiempo más que suficiente para acabar con los microorganismos nocivos contenidos aún en la leche, especialmente los de la tuberculosis bovina, cuyo contagio a humanos, hoy completamente sabido, por entonces estaba bajo discusión.

Por otra parte, el incremento de la temperatura producía una dilatación de los gases dentro de las botellas y el escape de los mismos a través de un canal ubicado en el tapón de porcelana de los recipientes, fuga que se verificaba por el empuje de los gases sobre la arandela de caucho que servía de contorno a una parte de dicho tapón y cerraba el orificio del canal, produciéndose una nube de vapor que significaba que la esterilización se había completado.

Una vez sacadas del esterilizador, las botellas debían ser refrescadas inmediatamente, a fin de condensar el vapor presente dentro de la quinta parte que no estaba llena y operarse así el vacío, quedando con ello el tapón herméticamente cerrado por efecto de la presión atmosférica. El resultado era una leche higiénica y pura, no tratada con agentes farmacológicos y con todos sus componentes nutricionales intactos, como los azúcares, las sales de sosa o de cloruro potásico y, especialmente, los diversos fosfatos (de cal, sosa, hierro, magnesio), utilísimos como elementos reparadores del cuerpo y responsables de hacer la leche más digerible.  

La tramitación de esta patente quedó en suspenso de manera provisional, ya que la administración tenía dudas de si la leche fosfatada era una preparación farmacéutica y, por tanto, no susceptible de patentarse, según lo previsto en el artículo 9.4 de la entonces vigente ley de 1878. Finalmente, el expediente siguió su curso, tras ser admitidas por buenas las explicaciones de Orive, al argüir éste que la “leche fosfatada” no era medicamento alguno ni estaba tratada con principios farmacéuticos, sino que era un alimento higiénico que podía ser considerado perfectamente como producto industrial y recibir, en consecuencia, una patente.

Además, el invento a proteger era más bien el proceso de filtración, esterilización y conservación de la leche, cuyo calificativo como “fosfatada” era tan solo una redundancia justificada a causa de las numerosas adulteraciones sufridas por este alimento básico y solo tenía un propósito comercial, tan honrado como el de llamar “pan harinoso” a un pan para distinguirlo en el mercado de otros que, aun teniendo o pareciendo que tuviesen harina, no la llevasen en la misma cantidad o de la misma calidad.

Al poco de serle concedida la patente, ese mismo año Orive obtuvo otra (nº 23256) a modo de certificado de adición donde introducía una mejora en el cierre de las botellas al haber detectado que no se producía con un completo hermetismo y, por tanto, se introducía aire, con la consiguiente e indeseable fermentación de la leche. El perfeccionamiento no era otro que un elevador de alambre galvanizado a colocar en el tapón (como el de las antiguas botellas de gaseosa) para que funcionase como un seguro, al objeto de impedir el roce que por los movimientos o el transporte de las botellas pudiera hacerse sobre el cierre, provocando la pérdida del necesario y aséptico vacío.

Estas dos patentes caducaron en 1901 por ausencia de la práctica administrativa, aunque el invento se aplicó en la vaquería de Erandio. Esta factoría lechera se caracterizaba por su modernidad, al disponer de máquina de vapor, alumbrado eléctrico e instalación de riego. Producía 160 litros diarios de leche, ordeñada de vacas holandesas, suizas y mixtas, alimentadas con la remolacha azucarera que se cultivaba en la misma vaquería. Premiada en certámenes agrícolas de Barcelona, la leche se distribuía por toda España, teniendo sus principales depósitos en Madrid y Valladolid.

Cerca de la granja, Orive se construyó un chalet de dos pisos (el mismo que sacara a rifa años después) en una parcela de unos 1400 m2. La vivienda, próxima al tren y al mar, disfrutaba de tres retretes, una huerta y un depósito de 500 litros de agua de manantial completamente exenta de bacterias y conducida por medio de una tubería de hierro galvanizado.

Polifacético e hiperactivo como era, las actividades empresariales de Orive fueron más allá de su farmacia, su casa de baños y su vaquería. También abarcaron las compañías ferroviarias. En 1901, era nombrado vicepresidente de la Sociedad Anónima del Ferrocarril de Luchana a Munguía, que había sido creada en 1891 y contaba con un capital de algo más de 1,7 millones de pesetas cuando Orive tomó asiento en su consejo de administración. Recién adquirida en Reino Unido, una de las locomotoras de la compañía fue bautizada con su apellido y puesta en funcionamiento en 1902, siendo capaz con sus 23 toneladas de peso arrastrar otras 415 a una velocidad de 35 km/h sobre los carriles de vía estrecha de aquella línea férrea que tenía estación en Erandio.

Orive fue también accionista de la Compañía Anónima Ferroviaria Vasco-Castellana, constituida en Londres en 1901 para promocionar el desarrollo del ferrocarril entre Bilbao y Madrid, aunque nunca llegó a construir un solo kilómetro, debido a la incompetencia de sus directivos y la dificultad de encontrar capitales para la enorme inversión requerida, quedando disuelta en 1923, años después de que Orive falleciese, no sin antes haber entablado un pleito contra sus administradores.

Asimismo, Orive tuvo intereses en la Sociedad Minera Euskaro-Castellana, que a finales del siglo XIX era la propietaria de las minas de antracita de Guardo (las mejores de la provincia de León). Invirtió también en la compra de terrenos tanto en Bilbao, en las zonas de Estraunza y La Casilla, como en las cercanas poblaciones de Erandio y Las Arenas de Guecho.

Dada su posición como fuerza viva de la villa de Bilbao, Salustiano de Orive no dejó pasar la oportunidad de hacer negocios con el municipio o de estar a su servicio, en concreto sobre asuntos relacionados con la salud pública. En 1883, obtuvo la adjudicación de una contrata para emplear una tonelada de cloruro de cal y otra de sulfato de hierro con destino a la desinfección de cloacas y urinarios. Asimismo, se hizo cargo de la Delegación Sanitaria de la Margen Derecha de la Ría (1885-1886), siendo muy encomiado su papel durante la epidemia de cólera de 1885, razón por la que fue recomendado para la Orden Civil de la Beneficencia. En 1887, era miembro de la Junta Provincial de Sanidad de Vizcaya. 

Excesivo en casi todo, inconformista, polémico y aguerrido, Salustiano de Orive pleiteó tanto como fue pleiteado, y no solo a causa de la propiedad de sus productos. Las causas de los contenciosos fueron innumerables: expedición de medicamentos secretos, impagos, indemnizaciones, cierre de negocio, injurias y calumnias, denegación de permisos, entrega de llaves, pago de aranceles, acumulación de basuras, anuncios no publicados, lesiones y faltas, desobediencia, decomiso de bebidas alcohólicas, multas, robo, distribución de premios y homicidio imprudente. Los involucrados fueron autoridades municipales, provinciales, fiscales y judiciales, colegas de profesión, empresarios, inquilinos, compañías, vecinos, amigos, familiares, propietarios, funcionarios o artífices. Entre todo este marasmo legal, destaca la investigación en la que Orive se vio envuelto en 1889 por motivo de la muerte de un vecino de Erandio a consecuencia de la cogida y los golpes de un toro propiedad del farmacéutico, que lo iba exhibiendo por las calles de la villa con el objeto de ser rifado.

En 1912, Orive trasladó su fábrica de Deusto a Logroño. El motivo no ha quedado muy claro, quizá fuese por razones fiscales, aunque se rumoreó que se debía a que se le impuso la pena de vivir desterrado a 150 kilómetros de Bilbao a causa de dar falso testimonio ante un juez. La leyenda cuenta que, como Logroño estaba solo a 149 km, Orive tuvo que instalar la fábrica y su residencia en las afueras de la ciudad, en la carretera de Soria, para así cumplir con la distancia preceptiva. En  cualquier caso, lo cierto es que, para entonces, determinadas marcas de dentífricos (Cuzzani) o de perfumería  (Ninon, Coppelia, La Giralda, La Imperial) estaban haciendo una fuerte competencia a Licor del Polo o a la colonia Orive.

La nueva industria radicada en Logroño siguió los mismos principios modernizadores y sociales que la de Deusto. Fue erigida según los parámetros estéticos del secesionismo alemán, por el arquitecto vasco Pedro Guimón Eguiguren, autor también del chalet suntuoso y magnífico que sirvió de vivienda a Orive en Logroño, así como del de Erandio.

A pesar de sus continuas pugnas legales y personales, Salustiano de Orive realizó numerosas obras benéficas, aunque no sería descartable que algunas tuvieran una intención propagandística. Por ejemplo, durante la epidemia de cólera de 1885, costeó los medicamentos administrados desde su farmacia a la población más humilde y, por tanto, más vulnerable a la enfermedad. En 1908, por valor de 15000 pesetas, regaló al Ayuntamiento de Bilbao todo el material necesario (dentífricos, colutorios, cepillos de dientes, vasos) para conseguir la asepsia dental entre los niños de las escuelas públicas de la ciudad. En 1909, hizo un donativo de 1500 frascos de Licor del Polo a los soldados españoles estacionados en Melilla. En su testamento, Orive dejó consignado un total de 290000 pesetas para beneficencia, la construcción en Briones de una escuela para 60 alumnos (incluido el sueldo del maestro) o la reposición y conservación de instrumentos musicales con la obligación de que los músicos tocasen en los días festivos a fin de apartar de tabernas y casas de juego a los jóvenes y que estos se encauzaran en el buen camino de la educación artística.

Salustiano de Orive falleció en Logroño en 1913, víctima de una afección renal que ningún medicamento, ni suyo ni de otro, ni auténtico ni falso, pudo remediar. Tenía 71 años. En coherencia con su filosofía atea, pidió que sus huesos yacieran bajo tierra sin consagrar, en el Cementerio Civil de la capital riojana, y que la ocasión prescindiese de toda pompa y todo boato, especialmente de aquella publicidad mediática que tanto había amado en vida.

Su testamento resulta tan llamativo que merece reparar unas líneas en él, más aún cuando sus primeras palabras son: No creo en Dios ni en el Licor del Polo. Enviudado poco antes de su muerte, Orive tuvo seis hijos y los desheredó a todos menos a dos, uno natural, llamado Salustiano y de corta edad, y otro legítimo, Julio, el mayor de todos. Los demás, por tanto, quedaron excluidos de la legítima y tan solo se quedaron, según la fórmula tradicional del fuero vizcaíno para estos casos, con una teja, un árbol, un real de vellón y un puñado de tierra, aparte de con un enfado monumental. 

Al parecer, sus vástagos contraídos matrimonialmente le correspondieron en vida de manera ingrata a su cariño y generosidad, recibiendo de ellos y ellas ofensas gravísimas. Además, siempre según las propias palabras del testador, se habían mostrado con una insaciable y disipada codicia para quedarse de manera artera, bochornosa y criminal con su fortuna. No obstante, una hija le había reclamado 1750 pesetas procedentes de su dote y el propio Orive, más tarde, la demandaría por impago de un préstamo.

Lo más jugoso de la herencia (bienes inmuebles y las fórmulas del Licor del Polo, del agua de colonia y de otros productos) fue concedido a Salustiano Jr., mientras que a Julio le debió de corresponder, entre algunas otras cosas de escasa enjundia, los derechos de propiedad industrial. El caso es que a los pocos días de ser enterrado Salustiano de Orive, el farmacéutico, saltó la noticia de que el pequeño Salustiano había sido secuestrado en el chalet de Logroño por dos hombres que se bajaron de un coche y se lo llevaron con ellos, suceso que fue denunciado por los propios familiares del finado. 

Finalmente, un día después, el entuerto pareció resolverse, aunque no demasiado, cuando Julio Orive (farmacéutico como su padre) y su hermano Mario declararon ser ellos aquellos hombres que se había llevado al niño, pero que éste no era su hermanastro, sino otro que no encontraba a sus padres y al que se llevaron, según los hermanos Orive declararon, a una casa de campo donde estuviera bien atendido. Del pequeño Salustiano no volvió a saberse más, mientras que los demás hijos se organizaron para revocar la herencia paterna y fundar la sociedad Hijos de S. Orive con la que seguir el negocio. Suficiente material para una serie de televisión. 

Autor y editor: Luis Fernando Blázquez Morales

Última edición: enero de 2018

BIBLIOGRAFÍA

BIBLIOGRAFÍA:
GONZÁLEZ IGLESIAS, Julio: La apasionante peripecia vital de Don Salustiano Orive; en: http://www.gacetadental.com/?s=Orive
LANDA LLONA, Salvador: Don Salustiano de Orive y Oteo; Revista Vasca de Odontoestomatología, vol. 19, nº 3, 2009.
CAVA MESA, María Jesús: Salustiano de Orive (1842-1913): Su milagroso elixir; Periódico Bilbao, febrero de 2012; en: http://www.bilbao.eus/bld/bitstream/handle/123456789/12873/pag10.pdf?sequence=1&rd=003123302450084990
IMÁGENES:
OEPM: patente nº 22514 (firma) y marcas nº 1127, nº 6240, nº 10635 y nº16573 (retrato).
BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA:
- Publicidad argentina de Orive (marca nº 26291): Caras y caretas, nº 749, p. 124, Buenos Aires, 8 de febrero de 1913; en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0004441569&page=124&search=Orive&lang=es
- Publicidad de Odol: Caras y caretas, nº 767, p. 41, Buenos Aires, 14 de junio de 1913; en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0004447970&page=41&search=Odol&lang=es
- Publicidad de Odol: Caras y caretas, nº 765, p. 23, Buenos Aires, 31 de mayo de 1913; en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0004447302&page=23&search=Odol&lang=es
http://historiasdelcomercioeindustriariojana.blogspot.com.es/2017/08/publicidad-historica-de-licor-del-polo.html (viñeta, Madrid Cómico, 1901).
- Guerra de marcas entre Licor del Polo y Odol: El Globo, nº 9613, p. 4, Madrid, 6 de enero de 1901; en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001229608&page=4&search=Odol&lang=es

http://memoriasclubdeportivodebilbao.blogspot.com.es/2016/01/ (tarjeta anunciadora)
http://www.spanishrailway.com/2012/04/19/ferrocarril-de-luchana-a-munguia-suburbanos-de-bilbao/ (locomotora Orive)