Patente nº 132585
Mejoras en estaciones receptoras de T. S. H., o pick-up, presentadas bajo forma de objetos de arte.
En 1933, el ciudadano francés Casimir Ripert, domiciliado en Marsella, solicitó esta patente que protegía un determinado modo de presentar decorativamente los receptores de radio, con el que disimular la apariencia no siempre estética de los mismos. Resulta fácil deducir que el señor Ripert no se estrujó mucho la cabeza, ya que el remedio que concibió para poner fin a la presunta fealdad de aquellas radios de galena, que hoy son piezas de museo y no solo por ser antiguas, no fue otro que esconderlas a la mirada. Idéntica finalidad podía aplicarse a los tocadiscos (pick-up), aparatos que habían sido inventados recientemente, en 1925, y cuya estética estaba mucho menos lograda, teniendo en este caso cierto sentido el ocultarlos, a fin de que no sufrieran golpes que pudieran rayar los discos.
El procedimiento de esconder los aparatos sonoros tenía dos posibilidades. La primera afectaba solo al receptor radiofónico, ubicado en el interior de un busto escultórico hueco que representaba una cabeza humana, cuyo rictus era conveniente que tuviera la boca entreabierta para la adecuada difusión del sonido y crear asimismo la ilusión, creemos que paupérrima, de que la cabeza hablaba o cantaba. Como no podía ser de otra manera, el busto debía ir apoyado sobre un zócalo, columna o pedestal, o mejor un mueble, en cuyo caso podrían depositarse allí dentro otros objetos como artículos de fumadores o bebidas espirituosas.
En caso de no disponer de una figura antropomórfica, valía cualquier otra representación, de animal o cosa, siempre que tuviera un valor estético, al menos para el usuario. Según el inventor, el material con el que estaba hecho el busto debía ser el adecuado, por lo que hemos de entender que el señor Ripert quería decir con ello que el adorno ocultador no debía pesar en exceso, al objeto de poder retirarlo y acceder a los mandos de la radio de modo rápido y cómodo, si es que se deseaba encenderla, apagarla, repararla o, sencillamente, cambiar de emisora, a no ser que el usuario fuera de aquellos a los que no les importa tener la radio encendida a todas horas, en cuyo caso el busto podía quedarse allí inmóvil como el mismísimo convidado de piedra, observando el mundo con esa agudeza visual que solo saben tener los gatos de escayola.
La otra posibilidad era de mayor complejidad técnica, aunque tampoco como para tirar cohetes. En este caso, el ocultamiento también concernía al tocadiscos, ubicado dentro del mueble en compañía de la radio, ésta en el fondo, aquél en un estante inmediatamente superior. Con todo, la principal novedad se encontraba en el busto escultórico, ahora de cualidades jánicas y hermafroditas, ya que era doble y reversible en una figura masculina y otra femenina, según fuera varón o mujer quien estuviera cantando en ese momento por la radio o el disco.
Cada uno de los bustos iba fijado respectivamente a la superficie opuesta de una lámina o platillo que giraba alrededor de un eje sustentado a un lado y otro del mueble. Una tuerca bloqueante permitía inmovilizar el eje para fijar el busto en la posición apropiada y evitar que aquello se convirtiera en un bombo de lotería con aspiraciones de polea loca.
El mueble debía tener las dimensiones requeridas para que las cabezas girasen sin estrecheces, además de estar diseñado con una escotadura interior donde albergar la testuz no visible, por lo que dentro del mueble quedaba poco espacio disponible para artículos de fumador o botellas de bebidas, habida cuenta del espacio ya ocupado por la radio y el giradiscos. Otra novedad de esta modalidad de artefacto decorativo se refería al altavoz, montado necesariamente en el eje, para permanecer siempre en la misma posición, dentro de la figura y próxima a su figura, fuere cual fuere el busto que estuviera visible.
El señor Ripert también patentó su invento en Francia y Gran Bretaña. En nuestro país, su solicitud quedó desestimada en 1934, ya que aquellas pretendidas mejoras en las radios y los tocadiscos no reportaban ninguna novedad de enjundia y solo constituían unos cambios en las apariencias externas de los aparatos, por lo que le recomendaron que registrase todo aquello como modelo de utilidad, cosa que parece que finalmente no sucedió.
Si existe algún mérito en esta fallida invención del señor Ripert, radicaría en que no es sino un pálido epígono de la tradición embustera y maliciosa de las cabezas parlantes, formada no solo por una legión de oráculos, adivinos, magos, ilusionistas, mercachifles y embaucadores, sino también por escenógrafos, mecánicos de valía o por el mismo poder político. Estas cabezas habladoras han servido tanto para aprovecharse de la ignorancia de la gente, convenciéndola de lo imposible, como para producir efectos teatrales con los que asombrar al público, pero asimismo como instrumentos de vigilancia y espionaje con los que el gobernante escuchaba discretamente lo que los súbditos o los rivales pensaban en voz alta.
Tanto si era utilizada para aprovecharse del crédulo o para epatar al espectador, la cabeza parlante fascinaba porque ponía a quien la prestaba atención en la tesitura maravillosa, pero a la vez inquietante, de que lo inanimado y lo artificial habían cobrado vida e inteligencia propias, o al menos tenían la capacidad para simularlas y ocupar precisamente el espacio reservado a lo verdaderamente vivo y lo auténticamente racional. Solo una entidad estaría facultada para suspender los límites de lo natural y de la lógica a los que estaba acostumbrado el hombre. Y esa entidad solo podía ser divina o demoníaca, de ahí que provengan de la Edad Media los primeros testimonios de cabezas que hablaban profetizando el futuro y constituían, más bien, leyendas que alertaban sobre el poder diabólico de la tecnología en general y de sus artífices concretamente, religiosos todos ellos.
Al monje benedictino Gerbert d’Aurillac (h. 945-1003), elegido papa con el nombre de Silvestre II en una tan fecha singular como el año 999, se le atribuye la invención de una cabeza parlante, además de otros avances (que por entonces no eran tenidos por tales) como construir un globo terrestre, un reloj hidráulico, un monocordio, un ábaco, un sistema de taquigrafía encriptada e introducir en Francia el sistema decimal y el cero.
Según la leyenda, Aurillac habría encontrado, cuando ya era papa, un tesoro enterrado, siguiendo la indicación del dedo de una estatua de bronce situada en el Campo de Marte de Roma. Con el oro de aquella fortuna, hizo construir la cabeza, que era capaz de responder aleatoriamente con un sí o un no a las preguntas que le hacía el propio artífice en relación al futuro de su pontificado. No era de extrañar que pesara sobre este papa inventor y erudito la sospecha de tener un pacto con el diablo, por lo que a la muerte de Silvestre fue destruida, junto con el resto de sus invenciones, aquella lacónica cabeza que respondía un poco al tuntún, si bien ya lo hacía con lógica binaria, por lo que ha sido considerada un brumoso y mítico antecedente de las actuales computadoras.
Del franciscano inglés Robert Grosseteste (1175-1253), seguramente el primer canciller que tuvo la Universidad de Oxford, también se dijo que, como si estuviera haciendo honor al sobrenombre de su apellido, había fabricado una cabeza oracular, hecha en bronce y en la que estuvo trabajando siete años. En una suerte de decadencia de los metales de los que supuestamente estaban hechas estas cabezas, se pasó del oro y del bronce al latón con el que otro británico e importantísimo teólogo, el también franciscano Roger Bacon (1214-1294) hizo la suya, asimismo predictora del porvenir, por lo que su autor fue llamado a capítulo por el superior de la orden. Bacon fue otro destacado inventor medieval, autor de autómatas, un artefacto volador en forma de paloma, un sistema de hacer pólvora o unas gafas.
Una deliciosa leyenda cuenta que Bacon y otro monje habían ideado una inmensa muralla de latón para defender Inglaterra, para lo cual trabajaron durante siete años (curiosamente los mismos que tardó Grosseteste) en construir una cabeza mecánica que calculara el perímetro del recinto y les dijera de su viva voz el resultado.
Como el artefacto no respondía ni aunque le echaran pez hirviente, los monjes decidieron hacer un conjuro. Tras invocar unas palabras mágicas, la cabeza respondió: Esperad y estad preparados para cuando la cabeza hable. Obedientes ellos, los dos franciscanos se sentaron durante tres semanas a la expectativa de que la testuz mecánica volviese a hablar.
Dado que la cabeza seguía muda, los monjes decidieron darse una noche de descanso, dejando encomendado a otro hermano que vigilara el busto y les despertara, si acaso aquella invención se dignaba a pronunciar algo. En cuanto Bacon y su compañero quedaron dormidos, la cabeza habló para decir: Es el momento. Pero el fraile de guardia no creyó que aquellas palabras fueran tan importantes como para despertarles y les dejó que durmieran. A la media hora, la cabeza se activó de nuevo y repitió la misma frase, a la que el guardián tampoco prestó atención. Finalmente, otra media hora después, el artefacto habló lo siguiente: El momento ya pasó, para acto seguido autodestruirse en mil pedazos.
La mujer llegó al mundo de las cabezas parlantes de la mano de otro teólogo de fuste, el dominico alemán Alberto Magno (h. 1200-1280), al que se le atribuyen algunos descubrimientos alquímicos como el arsénico, las propiedades fotosensibles del nitrato de plata o la misma piedra filosofal, de la que se sirvió, según cuentan, para crear el metal de aquella cabeza hablante femenina y la misteriosa sustancia que la vivificaba. Alberto tardó treinta años en confeccionar aquella maravilla, de la que se dice que a la muerte de su autor fue destruida, esta vez por los bastonazos de un insigne y escandalizado discípulo suyo, Tomás de Aquino (1224/1225-1274), cosa harto improbable que físicamente hiciera, al llevar años fallecido, aunque con un Doctor de la Iglesia elevado a los altares nunca se puede saber.
Además, Alberto Magno fue el acuñador del término “androide” con el que designó otra de sus criaturas: un autómata conocido coloquialmente como “el hombre de hierro”, debido al metal en el que estaba fabricado, aunque también llevaba cuero y cristal. Esta máquina, según parece, podía andar e igualmente hablar, haciendo funciones de mayordomo, como atender la puerta del monasterio, avisar de las visitas y entretenerlas, o trabajar en tareas domésticas. Imaginario o no, este hombre de hierro es un antecedente del “hombre bicentenario”, que sí imaginará en 1976 el escritor estadounidense Isaac Asimov (1919-1992), y de los primeros androides domésticos efectivamente operativos, como “Pepper” (2014) o “Buddy” (2016), simpáticos y entrañables, por ahora.
Ni que decir tiene que los detractores de Alberto afirmaban que Satanás le había concedido los poderes para crear aquellas máquinas vivientes, mientras que los seguidores del teólogo alemán (incluso su mayor admirador que era Tomás de Aquino) consideraban que semejante potestad no eran más que un dechado de virtud procedente de la Virgen María.
Durante el proceso inquisitorial a la Orden del Temple (1307-1310), salió a relucir la existencia de un ídolo satánico llamado “Baphomet”, cuyo nombre probablemente era una derivación de la palabra “Mahoma” y al que adoraban los caballeros de la orden. Se trataba una cabeza barbuda, a veces con tres rostros o con aspecto felino, que estaba ubicada en un saco, cofre, relicario o armario y que podía hablar con el mismo Dios, pero también con los hombres, respondiéndoles cualquier pregunta que le plantearan, aunque de poco les valía, porque los curiosos, una vez satisfecho el hambre de saber, olvidaban la respuesta, tal era el poder de este ídolo.
Con la Edad Moderna, las cabezas parlantes empezaron a perder su aureola mágica y demoníaca. En 1492, los castellanos se encontraron con el “cemí”, una imagen de madera que los indígenas de La Española reverenciaban en la casa del cacique, pero que los europeos descubrieron rápidamente que se trataba de un artificio, pues era hueca y tenía acomodada una cerbatana que se dirigía a un lugar tapado con follaje, donde había una persona que decía lo que el cacique le dictaba. El mandatario, viéndose descubierto, rogó a los españoles que le guardaran el secreto ante sus vasallos, ya que con aquella astucia conseguía tenerles en obediencia.
Este sistema del cemí fue utilizado profusamente en España y el resto de Europa por todo tipo de feriantes y ganapanes como truco sacadineros que se aprovechaba de las sólidas supersticiones de los espectadores. También hubo algún uso moralizante, aunque con tintes macabros, como fue el caso referido en 1575 acerca de Andrés Albio, un médico italiano de Bolonia que quería escarmentar y atemorizar a un mancebo fútilmente enamorado de una moza, para lo cual preparó una calavera rodeada de velas sobre una mesa convenientemente preparada para que a través de un tubo oculto a la vista pudiera el propio médico hablar desde otra habitación, simulando la voz del demonio.
Otro caso muy famoso del siglo XVI fue la cabeza habladora de Tábara, un pueblo zamorano. Estaba hecha en alambre y colocada en el lugar más alto de la villa. Su función era alertar de la presencia de judíos en el lugar y también proferir vaticinios. Finalmente, quedó destruida, aunque la responsabilidad de ello se la repartieron tanto los cristianos nuevos como los viejos.
Asimismo, a lo largo de la Edad Moderna, surgió otra modalidad de cabeza parlanchina que ya no era un artefacto, sino una testera inequívocamente humana, solo que con la extraña apariencia de estar viva y hablar separada de su cuerpo. Se trataba de un truco de ilusionismo que hoy sigue siendo empleado y consistía en que una cabeza movía los ojos, hablaba o comía sobre una mesa triangular, bajo la cual aparecía el suelo, pudiendo verse a través de ella el fondo del escenario. Aunque una barrera impedía acercarse al truco, la primera impresión del espectador era que allí, bajo la cabeza, no había nadie
El efecto de la cabeza decapitada pero todavía viviente se lograba gracias a una ilusión óptica producida por la presencia de unos espejos perfectamente ajustados entre las patas de la mesa y perpendiculares al suelo formando un ángulo de 45º en relación con las paredes laterales del escenario. De esta manera, los espejos reflejaban la tarima y los muros creando la ilusión de que debajo de la mesa no había nadie, a la vez que permitían encubrir al actor propietario de la cabeza que se mostraba con la apariencia de cercenada a la vez que viva. El escenario, además, debía estar especialmente preparado: vaciado de objetos, con paredes exactamente iguales, el suelo pintado con un color uniforme y los espectadores a una cierta distancia.
El ilusionista hacía acto de presencia portando una caja cerrada, en cuyo interior se aseguraba que había una cabeza humana viva. El mago situaba el recipiente sobre la mesa y abría su puerta delantera, apareciendo el apéndice decapitado de una persona como si por su cuello no hubieran pasado hacha o guillotina verdaderas. Obviamente, el tablero de la mesa tenía una parte de quita y pon, al igual que la parte inferior de la caja, de manera que el propietario de la cabeza podía asomarla, sentado como estaba debajo de la mesa y oculto detrás de los espejos. Cualquier espectador podía desmontar el trampantojo con solo lanzar un objeto hacia la mesa, una bola de papel para que se viera su imagen reflejada o una piedra para hacer añicos los espejos.
Sin embargo, no cabe duda que, aun siendo heredera del cemí, la cabeza parlante más famosa de la historia es la que aparece en el capítulo 62 de la segunda parte de El Quijote (1615). El hidalgo y su escudero se toparon con ella en Barcelona y era propiedad de Antonio Moreno, un caballero adinerado que había visto en Madrid una similar fabricada por un estampero y mandado encargar hacía poco una copia por mil escudos a un encantador y hechicero de origen polaco, discípulo de un famoso prestidigitador, llamado Escotillo, que actuaba en Flandes.
El tal Moreno había dispuesto una sala de su casa exclusivamente para albergar la cabeza, con la que no pretendía más que hacer burla de los ignorantes sin sacarles dinero de por medio. Don Quijote y Sancho Panza iban a ser las víctimas propiciatorias partícipes de la sesión que estrenaba aquel invento y donde dos de los presentes, amigos de Moreno, eran conocedores del secreto que permitía a la cabeza hablar.
La cabeza era un busto con la forma de un emperador romano, estaba hueca y hecha en bronce. Reposaba encajada perfectamente sobre una mesa con una tabla jaspeada y un único pie que terminaba en cuatro patas que imitaban las garras de un águila. Dicho pie estaba asimismo hueco y dentro de él se escondía el sobrino del tal Moreno, un estudiante agudo y discreto que respondía a través de un cañón de hojalata a lo que se le preguntaba a la cabeza cerca del oído.
Básicamente, el método amañado por los dos pícaros era contestar a la primera pregunta de manera certera, ya que la respuesta era conocida de antemano por ellos, pues Moreno ya se habría encargado anteriormente de sonsacársela al incauto. Una regla de oro era no responder a la pregunta de cuáles eran los pensamientos o deseos que había en las cabezas de los interrogadores.
La verosimilitud de las demás contestaciones quedaba al ingenio y la perspicacia del sobrino, cuya ambigüedad en las respuestas y la habilidad para decir lo que los otros deseaban escuchar, como suele suceder en cualquier quiromante que se precie de serlo, estaban lo suficientemente calculadas y afinadas como para que las réplicas resultaran creíbles y satisfactorias al oyente. Por ejemplo, a Don Quijote le dijo que la simpar Dulcinea sería desencantada, mientras que al bueno de Sancho le aconsejó que volviera a casa con su familia y dejase de soñar con nuevos gobiernos de ínsulas, razón por la que el escudero no quedó muy agradado con la cabeza (a la que llamó “profeta de Perogrullo”) y su amo, en cambio, sí.
Aquella cabeza parlante estuvo funcionando durante diez o doce días, divulgándose por Barcelona, hasta que la Inquisición intervino y mandó a Moreno que pusiera fin a su divertimento, pues el pueblo ya estaba escandalizándose.
El siglo XVII y el Barroco que lo habitó fueron tiempos propicios para trampantojos e ingeniosas maquinaciones. En la obra Musurgia universalis (1650) del jesuita y científico alemán Athanasius Kircher (1601-1660), aparece un uso de la cabeza habladora que resulta inédito, ya que su función primordial no era la de burlar o maravillar, sino la de espiar. Allí se muestran tres bustos preparados para recibir, a través de grandes bocinas y en estancias acondicionadas acústicamente, el sonido y las conversaciones procedentes de habitaciones o la calle.
Aquí, el interesado no quiere escuchar profecías o adivinaciones, ni siquiera persuadir a los demás de que le obedezcan, sino conocer la verdad que sobre él dicen las personas sin necesidad de estar delante de ellas, para distinguir así, clara y distintamente, al amigo del enemigo, al leal del traidor, al que aparenta ser ante su presencia lo que no es en realidad. Por descontado, este “uso político” de la cabeza parlante no es incompatible con su función lúdica, ya que podía seguir maravillando a quienes el propietario decidiera emplazar ante el busto, si es que antes no se hubiesen preguntado para qué servían aquellos grandes agujeros que se veían por muros y techos. Por lo demás, Athanasius Kircher inventó el arpa eólica, un reloj magnético, una linterna mágica, una máquina de movimiento perpetuo o un órgano de maullidos.
Otro caso de cabeza habladora existente en el siglo XVII fue la creada por el pedagogo alemán Johann Valentin Merbitz (1650-1704) para usufructo de la reina Cristina de Suecia (1626-1689), un trabajo que le llevó cinco años. El invento de Merbitz tenía la peculiaridad de que era políglota, pero ya en esa época sospecharon que todo el artificio era un ejercicio de ventriloquía.
El mecanicismo del siglo XVIII, inspirador de numerosos autómatas, hará que los científicos de la época dejasen de considerar las cabezas parlantes unos objetos circenses o burdas historias milagreras, para empezar a tomarlas en serio. En 1770, el relojero alemán Friedrich von Knauss (1724-1789) había construido cuatro cabezas parlantes mecánicas como regalos para los Archiduques de Austria y el Gran Duque de Toscana, que las exhibió en su palacio. En 1778, la Academia de Ciencias de San Petersburgo convocó un premio para quien lograra un aparato que pudiera emitir los cinco sonidos vocálicos. Dos años más tarde, la convocatoria era ganada por Christian Gottlieb Kratzenstein (1723-1795), un médico y físico danés, además de ingeniero. Aunque Kratzenstein no presentó ante los académicos rusos ninguna cabeza parlante propiamente dicha, su inventó abría unas posibilidades hasta entonces insospechadas, ya que se trataba del primer sintetizador del habla humana.
Ayudándose de su formación médica y de los avances de la época en relación a la física del sonido, el científico danés construyó un “órgano vocálico” formado por cinco tubos (uno por vocal), cada uno de los cuales albergaba una cavidad resonante característica, con la que se emulaba la fisiología del tracto vocal de la laringe humana. En cada cavidad, Kratzenstein había diseñado unas lengüetas especiales (similares a las de las armónicas o acordeones) que sonaban al soplar un fuelle. Por desgracia, el aparato de Kratzenstein presentado en San Petersburgo acabó dañado y desaparecido al poco tiempo.
En 1804, después de 35 años de trabajo y poco antes de morir, el inventor húngaro Wolfgang von Kempelen (1734-1804) terminaba un sintetizador mecánico de la voz humana que era capaz de reproducir las vocales y hasta siete sonidos consonánticos (B, N, M, P, R, S, SH), pudiendo pronunciar frases completas en francés, inglés, italiano y, con un poco de más destreza, en alemán.
La máquina de Von Kempelen reproducía minuciosamente la fisiología responsable de la fonación humana, aunque igualmente sin precisar para ello de recubrirse con la apariencia de una cabeza antropomórfica. Un fuelle de cocina eran los pulmones que suministraban el aire a través de tubos de cuero. Cañas extraídas de una gaita común conformaban la glotis. Diseñó dos cavidades, una para que hiciera de garganta y otra para que fuera nasal. Incluso fabricó una boca simulada, al principio con la campana de un clarinete, luego con caucho de la India y, por último, mediante una caja que, en la función de labios, tenía un par de contraventanas con goznes y dentro una lengua, es decir, una especie de alerón de madera articulado a través de cordeles. El conjunto se completaba con un teclado de órgano, llaves, válvulas, palancas, varillas y otro fuelle de menor tamaño, que permitían todos modular el paso del aire y producir el sonido que se precisara.
El trabajo de Von Kempelen pasó mucho tiempo desapercibido, pues su persona había quedado desacreditada, ya que sobre su invento más famoso, el autómata ajedrecista “El Turco” (1769), recaía la sospecha de ser un fraude, lo que realmente era cierto, pues funcionaba en esencia tal y como funcionaba la cabeza habladora del Quijote, albergando un operador en el interior del artefacto. No obstante, aquel ajedrecista mecánico estuvo funcional y convincente hasta que un incendio lo destruyó en 1858. Durante todo ese tiempo el secreto de la trampa pasó por diferentes propietarios de la máquina hasta que a principios de la década de 1860 el nieto de uno de ellos desveló el fraude.
En cualquier caso, siguiendo los escritos de Von Kempelen, el científico e inventor británico Charles Wheatstone (1802-1875) resucitó y perfeccionó la máquina parlante del inventor húgaro en 1837. En 1863, un jovencísimo Alexander Graham Bell (1847-1922) conoció una de las réplicas de Wheatstone y confeccionó con su hermano una cabeza parlante de extraordinario realismo que pronunciaba “mamá” claramente. Este temprano invento de Bell inició la senda que culminaría con el teléfono (1876). De aquella cabeza solo queda una fotografía de la dentadura, conservada en la Biblioteca del Congreso de los EEUU en Washington D. C.
El padre Mical (1730-1789) fue otro inventor que concursó al premio de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Aunque no ganó, presentó una par de cabezas parlantes ante la Academia de Ciencias de París en 1783, con la idea de que se le concediera una patente, que le fue denegada, si bien el tribunal examinador consideró favorablemente el invento a la vez que apremiaba a su autor a mejorarlo. Finalmente, Mical decidió exhibir las cabezas parlantes en un local parisino.
El invento consistía en dos cabezas antropomórficas a escala natural, que movían los labios e iban dispuestas en un decorado que, según algunos testigos, resultaba de mal gusto. Cada una funcionaba con un teclado, un cilindro motor y varias glotis artificiales de diferente tamaño, hechas a partir de lengüetas de hierro o marfil, conectadas a membranas elásticas. Aunque el teclado contenía todos los sonidos y tonos del idioma francés, la imitación de la voz humana era bastante imperfecta, con un sonido ronco y de articulación muy pausada.
Inspirado igualmente en las ideas de Von Kempelen, el inventor austriaco Joseph Faber (h. 1800-h. 1850) había construido en 1840 una cabeza habladora que, bajo el nombre de “maravillosa máquina parlante”, exhibió en Viena y al año siguiente ante el rey de Baviera. Se trataba de una máscara masculina provista de lengua y mandíbula articuladas y una boca con labios de goma. Podía pronunciar oraciones enteras con palabras de cualquier lenguaje europeo, partiendo de los cinco sonidos vocálicos y ocho consonánticos (B, F, G, L, R, S, SH, W) a través de la combinación de las 17 claves del teclado de un piano. El artefacto se completaba con un fuelle a pedal y toda una colección de lengüetas, silbatos, resonadores de almohadilla, obturadores y deflectores.
Sin embargo, la poca atención prestada a su máquina hizo que Faber la destruyera y emigrase a los Estados Unidos para encontrar mejor suerte. En 1844, la había vuelto a construir, mostrándola en Nueva York, donde causó una muy favorable impresión al químico Robert M. Patterson (1787-1854), presidente de la Sociedad Filosófica Americana, hasta el punto que propuso una recogida de fondos para ayudar a la precaria situación económica de Faber. Sin embargo, desalentado una vez más, Faber volvió a destruir la máquina.
En 1845, el austriaco ya había recompuesto el artefacto de nuevo, poniéndole una máscara con el rostro de una mujer. El científico Joseph Henry (1797-1878) certificó entonces que la máquina de Faber carecía de todo engaño y animó al inventor a que lo presentara en el Auditorio de Filadelfia. Sin embargo, la exhibición fue otro fracaso. Al año siguiente, el empresario circense Phineas T. Barnum (1810-1891) contrató a Faber y la cabeza parlante, a la que bautizó “Euphonia” (buen sonido), y se los llevó a Londres. Allí, el artefacto realizó varias demostraciones en el Salón Egipcio, entre ellas una interpretación inquietante y sepulcral del Dios salve a la Reina que fue contestada desde el público con un “Dios salve al inventor”.
Las cabezas parlantes ya no causaban asombro, a pesar de la complejidad tecnológica que pudiera existir dentro de ellas y que las había sustraído del fraude. Se habían convertido en objetos de mofa. El propio Faber se había convertido él mismo en una especie de juguete roto, torturado por la sombra sardónica que proyectaba aquel juguete suyo al que había dado destrucción varias veces y otras tantas había vuelto a recomponer. Faber acabó quitándose la vida y su inventó acabó como una excentricidad en el Museo Americano de Barnum en Nueva York, expuesta entre artefactos bizarros, enanos y siameses. Su última aparición pública fue en 1874, en la ciudad canadiense de Toronto.
Eufonia supuso el fin de una época en la que estuvieron mezcladas la gloria del ingenio mecánico y la infamia del embuste taimado. En el siglo XIX, otros objetos vendrían a sustituir a las cabezas parlantes: los muñecos habladores, cuya ilusión solo afectaba a los niños dentro de un mundo de adultos que ya no se impresionaban al ver que una cabeza humana artificial pudiera hablar. No había secreto, no había magia: tan solo sus simulacros.
El tiempo de los muñecos parlantes comenzó en 1823, cuando el mecánico e inventor alemán Johann Nepomuk Maelzel (1772-1837) registró la patente francesa nº 2286 para una muñeca que podía decir “papá” y “mamá” según se apretase un brazo u otro del juguete. No obstante, el dispositivo de Maelzel (asimismo diseñador de los audífonos de Beethoven y uno de los propietarios del ajedrecista de Von Kempelen) seguía la senda de las cabezas parlantes inaugurada en el siglo XVIII y constaba de un fuelle, una válvula, una lengüeta vibratoria y un pequeño pabellón de resonancia. Posteriormente, otros inventos similares fueron protegidos en Francia (Théroude, 1853; Guilliard, 1853; Cruchet, 1855) o en EEUU (Harwood, 1877; Durand, 1877).
En 1877, al mismo tiempo que inventaba el fonógrafo, Thomas A. Edison (1847-1931) ya tuvo la idea de aplicarlo a una muñeca (capaz incluso de cantar). Con tal fin, creó en 1887 la empresa The Edison Phonograph Toy Manufacturing Company, aunque las patentes no fueron registradas hasta 1889 (nº 423039) y 1890 (nº 456301). Asimismo, fueron comercializados o patentados en Francia, Alemania y EEUU distintos tipos de muñecos parlantes que empleaban el fonógrafo (Lioret, 1896; Arnold, 1906; Averill, 1921) o el gramófono (Kammer & Reinhardt, 1890).
En 1925, la inventora estadounidense Beulah Louise Henry (1887-1973) obtuvo la patente nº 1.565.145 para una “radio-muñeca”, que incorporaba (parcial o completamente) en su interior un equipo receptor radiofónico conectado a una antena, mientras que los diales iban situados en la espalda y el altavoz a la altura del pecho.
Quizá no rebosara creatividad aquel invento de Casimir Ripert con el que se evocaban las antiquísimas cabezas parlantes en un tiempo donde ya nadie creía en ellas. Sin embargo, un año más tarde, en 1934, el señor Ripert registro en nuestro país la patente nº 133529 para un objeto mucho más interesante. Se trataba de un receptor de radio que llevaba adjunta una esfera terráquea giratoria y transparente en la que estaban señalizadas las ciudades de las distintas emisoras, de manera que al manipular el dial de la radio y producirse un cambio en la longitud de onda el globo se movía hasta mostrar, a través de una pequeña lupa incorporada, el lugar donde se encontrase la emisora, realzado por una luz intermitente. A diferencia de la cabeza radiofónica, la patente de este invento de Ripert (también registrado en Gran Bretaña) sí fue concedida en nuestro país, caducando en 1936 por falta de práctica.
Autor y editor: Luis Fernando Blázquez Morales