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Sagra Peris, Ramón de la

Mapa de Cuba, por Ramón de la Sagra (1841)
Mapa de Cuba, por Ramón de la Sagra (1841)
Aparato evaporador-concentrador al vacío de Charles Edward Howard
Aparato evaporador-concentrador al vacío de Charles Edward Howard
Sistema de ruedas mecánicas del penal británico de Petworth (izq.) y proyecto de Aníbal Álvarez para una prisión panóptica (dcha.), ambos recogidos por De la Sagra en su Atlas Carcelario
Sistema de ruedas mecánicas del penal británico de Petworth (izq.) y proyecto de Aníbal Álvarez para una prisión panóptica (dcha.), ambos recogidos por De la Sagra en su Atlas Carcelario
Molino triturador (izq.) y calderas generadoras de vapor (dcha.), de los hermanos Mazeline (privilegio nº 683)
Molino triturador (izq.) y calderas generadoras de vapor (dcha.), de los hermanos Mazeline (privilegio nº 683)
Conos evaporadores Claës (privilegio nº 683)
Conos evaporadores Claës (privilegio nº 683)
Calderas defecadoras y evaporadoras por el sistema Pecqueur (privilegio nº 683)
Calderas defecadoras y evaporadoras por el sistema Pecqueur (privilegio nº 683)
Aparato de cristalización y blanqueo mediante ventilación según el sistema Schützenbach (privilegio nº 683)
Aparato de cristalización y blanqueo mediante ventilación según el sistema Schützenbach (privilegio nº 683)
Edificio de la antigua azucarera El Porvenir en Torre del Mar, hoy convertido en un centro cultural
Edificio de la antigua azucarera El Porvenir en Torre del Mar, hoy convertido en un centro cultural
Acción del Banco del Pueblo (1849)
Acción del Banco del Pueblo (1849)
Máquina para separar el oro de las tierras auríferas (privilegio nº 831)
Máquina para separar el oro de las tierras auríferas (privilegio nº 831)

Sagra Peris, Ramón de la (1798-1871). Científico, economista, político, periodista y empresario español, uno de los precursores del socialismo utópico y del anarquismo en nuestro país. Nació en La Coruña, en el seno de una próspera familia liberal e ilustrada, de comerciantes vinculados a América. En su ciudad natal, De la Sagra inició su formación académica en la Escuela de Artes y Navegación perteneciente al Real Consulado, institución a cuya junta de gobierno su padre había pertenecido. En 1813, se trasladó a Santiago de Compostela para completar estudios en el Colegio de Cadetes de San Clemente. Entre 1815 y 1819, asistió al Real Colegio de Farmacia de San Carlos, recién creado en la Universidad de Santiago. Allí se formó en diversas disciplinas científicas (matemáticas, medicina, física, química e historia natural) y filosóficas (lógica y metafísica), entablando amistad con el matemático y geógrafo Domingo Fontán Rodríguez (1788-1866), así como con el futuro ingeniero de minas y geólogo Casiano de Prado Vallo (1797-1866), ambos destacados integrantes del movimiento ilustrado gallego. A consecuencia de estas influencias, De la Sagra ingresó en la masonería y llegó a participar en una conspiración militar contra el régimen absolutista (1817).

En 1819, De la Sagra se trasladó a Alcalá de Henares, en cuya universidad terminó los estudios un año después. Para entonces ya colaboraba con la revista madrileña La Crónica Científica y Literaria, dirigida por masones doceañistas (partidarios de restaurar la Constitución liberal de 1812). En dicha publicación, De la Sagra escribió el primer artículo que se hacía eco de la filosofía kantiana en nuestro país (1819). En 1820, fundó junto a Casiano de Prado la revista El Conservador Constitucional, cabecera coruñesa de irónico nombre cuyos vitriólicos contenidos fueron denunciados y perseguidos por el Santo Oficio.

En 1820, asimismo, De la Sagra se unía a una serie de promotores doceañistas agrupados en torno a La Crónica con el proyecto de reorganizar la antigua Fábrica de Tabacos de La Habana, manteniéndola bajo monopolio estatal, pero con el fin de proteger a los cultivadores, estimular el trabajo, adecuar la innovación a la elaboración de rapé o garantizar la buena calidad del producto frente a la libre concurrencia. De la Sagra iba a ser el gerente del reformado establecimiento, por lo que viajó en 1821 desde Madrid a la ciudad francesa de Toulouse con la pretensión de conocer el funcionamiento de su afamada tabacalera y desde allí partió a Burdeos, donde se embarcó hacia Cuba. Sin embargo, una vez en la isla antillana, el proyecto fue suspendido y De la Sagra tuvo que retornar a España en el otoño de 1822. En diciembre de ese año, recibió el nombramiento de catedrático de Botánica en la Universidad de La Habana, por lo que partió de nuevo a Cuba a mediados de 1823, permaneciendo allí hasta 1835.

La presencia de De la Sagra en Cuba obedecía a un plan organizado por las autoridades liberales españolas con el fin de racionalizar científicamente los recursos naturales y económicos de la isla, de manera que el régimen colonial resultara rentable. Durante esta estancia en Cuba, De la Sagra llevó a cabo una ingente labor científica recabando datos geológicos, botánicos, zoológicos, geográficos, climáticos y demográficos. Sistematizó observaciones meteorológicas, trazó mapas topográficos, realizó estadísticas sobre población y clasificó la flora y la fauna locales.

Además, De la Sagra trabó allí amistad con el aristócrata y filósofo belga Jean-Hypolitte de Colins (1783-1859), cuyas ideas sobre el “socialismo racional” le influyeron poderosamente. Esta filosofía política rechazaba la imposición del orden social a través de la fuerza y la violencia sistemáticas, ya que dicho orden solo podría ser frágil y efímero, proclive a la insurrección revolucionaria. El socialismo racional rechazaba cualquier forma de lucha de clases y abogaba por un orden justo e igualitario basado en la racionalidad proporcionada por la ciencia y la educación, de manera que el progreso, los cambios y las reformas se obtuviesen mediante el consentimiento voluntario y reflexivo por parte de la población, todo ello inseparable de un afán de regeneración moral y de una defensa de la propiedad colectiva.

Con el propósito de combatir la enorme dependencia de la economía insular respecto del monocultivo azucarero, De la Sagra llevó a cabo numerosos experimentos al efecto de aclimatar nuevos cultivos (nuez moscada, canela, clavo, pimienta negra, vainilla, distintas variedades más productivas de caña de azúcar y de café, alcanfor, piña, añil, algodón), siempre con vistas a su utilidad para la agricultura o las industrias química y textil. Asimismo, difundió entre el sector azucarero las nuevas tecnologías agrícolas e industriales que estaban produciéndose en Europa. Así, denunció la imparable deforestación y el consecuente empobrecimiento de la tierra que sufría la isla a consecuencia de la explotación extensiva o de “rapiña” (como él mismo lo denominaba) característica del sistema de plantaciones. En este sentido, De la Sagra realizó una audaz y avanzada crítica eco-socialista a la libertad de disponer la propiedad privada de la tierra sin otros límites que el beneficio económico más inmediato, postulando que dicha libertad debería estar subordinada al interés público y al bien común representados en la salvaguardia de reservas forestales a beneficio de las generaciones futuras. Criticó la “siembra estúpida” de la agricultura azucarera basada en la fuerza bruta de la mano de obra esclava, el desconocimiento de principios racionales de economía básica como la productividad y el rendimiento o la completa ausencia de previsión.

Igualmente, abogó por introducir diversas innovaciones en el sector, tal que máquinas cortadoras de caña o, sobre todo, el evaporador-concentrador mediante vacío, aparato patentado en 1812 por el químico inglés Edward Charles Howard (1774-1816), un invento que había revolucionado la entonces incipiente industria azucarera europea basada en la remolacha. El fundamento del evaporador de Howard no era otro que el elemental principio físico por el que el grado de evaporación de un líquido está en relación constante con la presión atmosférica ejercida sobre él. El aparato consistía en una caldera cerrada, de doble fondo, por donde circulaba el vapor y donde las meladuras se volatilizaban a 72ºC después de haberse producido el vacío mediante una máquina neumática. Como reformista ilustrado amante del progreso, De la Sagra estaba convencido de que la modernización tecnológica de la economía azucarera cubana conllevaría la transformación del trabajo esclavista en un trabajo asalariado (como sucedía con la industria remolachera europea).

De la Sagra desarrolló esta ingente actividad científica e innovadora no solo desde su posición de catedrático, sino también desde la dirección del Jardín Botánico de La Habana (1827) y de la revista Anales de Ciencias, Agricultura, Comercio y Artes (1827) o la creación del Instituto Agronómico (1829), un avanzado proyecto de escuela agrícola que no llegó a cuajar (a causa de la desidia gubernamental y de una epidemia de cólera), pero que pretendía ofrecer una educación gratuita a los hijos de pequeños agricultores cubanos con el objeto de introducirles en el novedoso cultivo del añil para su empleo como colorante para textiles.

Toda esta actividad reformista le granjeó un gran prestigio internacional como científico y acabó plasmada en su monumental Historia física, política y natural de la isla de Cuba, en trece volúmenes y publicada en París entre 1838 y 1857, obra clásica de de la historiografía hispanoamericana y comparable a Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (1799-1804), escrita por el gran naturalista alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), con quien De la Sagra mantuvo abundante correspondencia.

No obstante, todas estas críticas e innovaciones contrarias a la explotación tradicional de las plantaciones azucareras repercutieron en la hostilidad hacia De la Sagra por parte de la oligarquía sacarocrátrica constituida por los grandes propietarios de plantaciones, cada vez más abiertamente favorables a la independencia de la isla, por lo que el científico gallego fue percibido con hostilidad como defensor de las políticas metropolitanas.

Así, en 1835, a causa de la presión independentista, De la Sagra abandonó Cuba y se instaló en los Estados Unidos, donde se interesó por las reformas penitenciarias introducidas en la década anterior (y presentes también en otros países europeos como Reino Unido, Francia, Bélgica, Suiza o Italia), tal que el sistema de confinamiento solitario (vigente en el Estado de Pensilvania) o el sistema congregado (establecido en el de Nueva York).  Ambos métodos carcelarios compartían la peculiaridad de desarrollarse bajo un estricto silencio. El primero de ellos estaba concebido para doblegar la psicología del recluso, mientras que el segundo combinaba el aislamiento (efectuado durante la noche) con la realización (durante el día) de diferentes trabajos propios de oficios manuales (sastres, tejedores, zapateros o costureras) y cuyas mercancías eran adquiridas por el ejército, recibiendo los confinados un salario a cambio. Sin embargo, este sistema acabó siendo abandonado a finales de la década de 1830 y sustituido por la realización de un trabajo económicamente improductivo por parte de los presos, utilizados como mera fuente de energía para mover ruedas mecánicas (semejantes a las actuales cintas para correr) o molinos de manivela, sin otra función que servirles para el ejercicio físico y la disciplina de la voluntad a través de la rutina. Los vigilantes podían modular la resistencia de los mecanismos para premiar o castigar a los reclusos, cuya fuerza era cuantificable con exactitud gracias a un ergómetro inventado por el británico John Mance (1792-1857).

Todos estos procedimientos penales fueron recopilados por De la Sagra en su obra Atlas carcelario (publicada en Madrid en 1843), donde asimismo se recogía el proyecto de una “cárcel circular” ideada en 1840 por el arquitecto español Aníbal Álvarez Bouquel (1806-1870) para sustituir la lúgubre penitenciaría madrileña del Saladero (sita en la actual plaza de Santa Bárbara) en beneficio de un nuevo centro diseñado según las pautas del modelo panóptico por entonces en boga y planteado en 1780 por el filósofo británico Jeremy Bentham (1748-1832), sistema que permitía al guardián, guarnecido en una torre central, observar a todos los prisioneros, recluidos en celdas individuales alrededor de la torre, sin que estos pudieran saber si eran observados. Igualmente, durante su estancia estadounidense, De la Sagra contactó con seguidores del socialista utópico francés Charles Fourier (1772-1837).

En 1836, De la Sagra se instaló en París. Un año después, salió elegido diputado por La Coruña dentro de las filas liberales, cargo que revalidó en 1840 y en 1841 (esta vez por Lugo), permaneciendo en el escaño hasta 1843, aunque alternando su residencia entre Madrid y París. Su actividad legislativa estuvo encaminada a la modernización de las instituciones españolas relacionadas con cuestiones sociales y económicas: establecimientos penitenciarios y de beneficencia, higiene pública, organización del trabajo agrícola y fabril, enseñanza industrial, empleo infantil, abolición de la esclavitud, exposiciones de productos industriales. Para ello recabó numerosa información a través de viajes a países extranjeros (Holanda, Bélgica, Francia, Alemania, Reino Unido).

En 1840, gracias a una iniciativa parlamentaria de De la Sagra, fue creado el Asilo de Cigarreras en el madrileño barrio de Lavapiés. Situado en la finca de lo que fue el Casino de la Reina, se trataba de una institución benéfica para que las trabajadoras de la cercana tabacalera (ubicada en la calle de Embajadores) pudieran escolarizar a sus hijos pequeños y acercarse a amamantarlos. Asimismo, De la Sagra realizó informes sobre la situación de la industria algodonera catalana y sus obreros (1841) o sobre el estado general de la industria española (1842). Además, durante aquellos años, reanudó su actividad como periodista, participando en la fundación de El Semanario Pintoresco Español (1836), publicación de divulgación científica y cultural, y escribiendo para El Corresponsal (1839-1841), diario afín al Partido Moderado.

Sin embargo, sus ideas contrarias a la esclavitud y favorables al trabajo asalariado en Cuba, así como su oposición al excesivo centralismo de la Ley de Ayuntamientos de 1840 o el desinterés generalizado de las magistraturas españolas hacia la cuestión social, llevaron a De la Sagra a desengañarse de la función pública, terminar fijando su residencia en la capital francesa (a partir de 1843) e interesarse por la iniciativa empresarial.

A partir de la década de 1840, su pensamiento político se centró en el diseño de una “ciencia social” a partir de la cual establecer una armonía entre las clases sociales, de modo que la burguesía ilustrada se ocupase de dirigir las reformas mientras que los trabajadores debían aceptarlas pasivamente. Esta armonía, en cualquier caso, no podía conducir a la desaparición de la desigualdad, al ser ésta consustancial a las relaciones sociales entre los hombres. Los desequilibrios socioeconómicos no eran consecuencia de la propiedad privada, un derecho que De la Sagra ahora consideraba irrenunciable, a diferencia de lo que por entonces propugnaban en Francia el revolucionario comunista Louis Auguste Blanqui (1805-1881) y el teórico anarquista Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) o los filósofos socialistas alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), a todos los cuales conoció durante sus viajes por Europa. Para De la Sagra, la propiedad privada era fundamental para que concurriese el capital y, por tanto, cualquier actividad económica productiva y rentable. La desigualdad surgía cuando el capital, desde su posición de monopolio, gravaba el salario del trabajador con un interés (la plusvalía), quitándole al obrero el pleno beneficio que le corresponde en virtud de su esfuerzo e inteligencia. Para combatir esa desigualdad, De la Sagra proponía tres líneas de actuación. En primer lugar, un rechazo frontal al régimen constitucional liberal, cuyo ordenamiento jurídico (el contrato social) no protegía de facto los derechos de los trabajadores aunque de iure los considerase hombres libres. En segundo lugar, una nueva organización económica basada en la no concentración de la propiedad en unas pocas manos, el reintegro completo del valor del trabajo y la difusión del conocimiento. Y, por último, la crítica a cualquier forma de asociación, ya fuese patronal, sindical o partidista, ya que solo servía a intereses subjetivos, más proclives al conflicto que a los intereses objetivos de la sociedad en su conjunto.

Entre finales de 1844 y principios de 1845, De la Sagra lideró la creación de la Sociedad Azucarera Peninsular, junto a otros políticos liberales como Lorenzo Calvo de Rozas (1773-1850) y Segundo Sierra Pambley (1808-1873). Él mismo se desplazó a Andalucía con el propósito de redactar un informe muy detallado acerca del estado del cultivo de caña y de la fabricación de azúcar en las costas de Málaga, Granada y Almería. Con sede en Madrid, la empresa fue fundada en febrero de 1845 con un capital social de 3,2 millones de reales. Su objetivo era modernizar el deprimido sector azucarero andaluz mediante mejoras agrícolas y en la producción de los trapiches e ingenios, implantando sistemas de riego más eficientes, variedades de caña más productivas, una racionalización del abono y modernos aparatos de vapor para la molienda de la caña y la obtención del azúcar que sustituyeran a las máquinas hidráulicas y las calderas tradicionales, permitiendo con ello una producción más controlada, rápida y de mayor calidad, e igualmente el ahorro de agua, ya de por sí escasa en esas latitudes y muy necesaria para los regadíos, y un menor consumo de combustible vegetal que evitase la perniciosa deforestación de la zona. Además, se pretendía abaratar el precio del azúcar dentro del mercado metropolitano al hacerlo independiente de la oferta ultramarina, pero también propiciar que las relaciones económicas entre los agricultores trabajadores y los fabricantes capitalistas fuesen más justas gracias a una mutua colaboración basada en anticipaciones de capital a la fuerza de trabajo con el fin de estimular su esfuerzo y laboriosidad.

En febrero y julio de 1845, De la Sagra (residente entonces en la capital belga) solicitó dos privilegios de introducción (nº 264 y nº 683) para un sistema completo de fabricar azúcar de caña a través de diversos aparatos y procedimientos inventados en el extranjero (Francia, Bélgica y Alemania), sin duda con la finalidad de emplearlos en la Sociedad Azucarera Peninsular (aunque también en las colonias españolas).

Entre tal heterogéneo conjunto de tecnología se encontraba un par de molinos exprimidores de caña. El primero de ellos había sido patentado en Francia por los hermanos François (1802-1875) y Adolphe Mazeline (1803-1876), ingenieros mecánicos de la ciudad de El Havre (Sena Marítimo). Compuesto de tres cilindros, este molino podía funcionar con energía hidráulica o con un aparato de vapor (inventado también por dichos hermanos) de caldera tubular y hornillo interior. El otro molturador había sido desarrollado por Charles Michel Nillus (1798-1881), un constructor de máquinas de vapor, también residente en El Havre. Este aparato tenía cinco cilindros y estaba dedicado específicamente a la molienda de las variedades de caña más productivas (otahití y bengala).

El guarapo, líquido resultante de la molienda, era depositado en un recipiente llamado monta-jugos que funcionaba también a vapor y servía para trasegar el jarabe exprimido hacia las tres calderas defecadoras. En el trasiego los jugos ascendían hacia unos conos evaporadores conocidos como “conos de Lambecq”, inventados por el industrial belga Paul Claës y patentados en Francia en 1844. Las calderas defecadoras habían sido diseñadas por el ingeniero galo Onésiphore Pecqueur (1792-1852). Cada una tenía una capacidad de algo más de mil litros (2000 cuartillos) y calentaba el jugo interiormente por tubos de vapor hasta un grado próximo a la ebullición, para luego enfriarse y conseguir así la sedimentación de las partículas sólidas contenidas en el líquido.

La evaporación y concentración de los jarabes se producía en otras tres calderas planas por las que pasaba una corriente de aire frío producida por un ventilador sobre la superficie de los líquidos con el fin de absorber todos los vapores acuosos. Este método había sido patentado en Francia y en Bélgica por Théodore Scheidtweiler, un mécanico galo residente en Bruselas que había cedido a De la Sagra los derechos de explotación del nuevo sistema para los dominios españoles. La meladura resultante era filtrada mediante la combinación del sistema tradicional de lonas con un nuevo procedimiento que empleaba carbón animal y había sido ideado por la francesa Société Ch. Derosne et Cail a finales de la década de 1830.

Finalmente, la cristalización y el blanqueo del azúcar se efectuaban a través del método inventado por el químico alemán Sebastian Karl Schützenbach (1793-1869), sistema que ya había sido puesto en práctica en fábricas remolacheras de Bélgica y Prusia, así como presentado en 1844 ante la Academia de Ciencias de París. Por un lado, se trataba de un nuevo proceso de evaporación para disoluciones con una parte de agua y tres de azúcar, de manera que este cristalizara por entero sin dejar el más mínimo rastro de melaza y todo ello en un plazo máximo de 24 horas. El blanqueado final del azúcar se realizaba en columnas de purga en las que se decantaban jarabes de diversa pureza sobre las cajas contenedoras del azúcar y auxiliándose para ello de la acción de un par de bombas atmosféricas con las que formar el vacío debajo de cada caja.  

El proceso de fabricación de azúcar se completaba con moldes (de barro o metal) y tornos para formar los panes de azúcar, así como con un aparato para desecar la caña de azúcar (previamente cortada en capas delgadas) mediante la circulación de agua caliente.

En general, De la Sagra confiaba que gracias a toda esta tecnología pudiera fabricarse azúcar de caña empleando pequeños trenes (conjuntos de calderas) en la época del año que resultara más cómoda y en la cantidad que se deseara, sin necesidad de recurrir a grandes motores para la molienda y evitando problemas como la acidificación de los caldos o la pérdida de la caña a causa de las heladas.

Sin embargo, De la Sagra abandonó el proyecto de la Sociedad Azucarera Peninsular en junio de 1845, a causa de las desavenencias con unos socios reacios a entregarle demasiado poder, interesados solo en el beneficio económico y no en las reformas sociales, y seguramente no conformes con la adquisición de una tecnología de procedencia tan variopinta y de la que él era titular a través de unos privilegios que en ningún caso daban a la compañía un monopolio para fabricar azúcar sino tan solo para hacerlo con unos determinados aparatos. Ya con De la Sagra fuera, la empresa abrió en Almuñécar (Granada), durante el segundo semestre de 1845, la fábrica El Pilar, el primer ingenio azucarero español enteramente mecanizado, dotado con molinos y evaporadores al vacío de la firma Derosne & Cail, la tecnología más avanzada del momento y que había revolucionado por completo la fabricación de azúcar desde finales de la década anterior, pero que el propio De la Sagra había rechazado en sus patentes al considerarla más costosa, lenta y compleja, además de no tenerla por original de Charles Derosne (1780-1846) ni de Jean-François Cail (1804-1871), sino del ingeniero Jean Alexandre Elzéar Degrand (1780-1856).

No obstante, en 1846, De la Sagra estableció por su propia cuenta una fábrica de azúcar llamada El Porvenir sobre las ruinas de un antiguo trapiche (molino) de la localidad malagueña de Torre del Mar. El nuevo proyecto incluía la creación de una banca agrícola y de una caja de previsión para labradores y operarios. Asimismo, se propuso estimular la recuperación de otros ingenios azucareros existentes en la zona, abrir nuevas industrias (harinas, aceites y jabón) y editar El Azucarero (1846-47), un periódico que recogiera los intereses del sector. De la Sagra mandó traer desde Bélgica toda la tecnología sobre la que tenía privilegio (concedido en noviembre de 1845). Sin embargo, el barco que la transportaba naufragó cerca de la costa malagueña. A esta fatalidad se unió un duro invierno que afectó negativamente a la cantidad y la calidad de las cañas de azúcar. Así que De la Sagra se vio obligado a malvender su fábrica a un prestamista en 1847 y años después (1852) sería adquirida por la firma Larios Hermanos y Compañía, que la transformó bajo el nombre Nuestra Señora del Carmen en la más importante y avanzada industria azucarera de la costa andaluza.

De la Sagra colaboró en otro proyecto industrial, esta vez en un sector muy diferente: la siderurgia. En 1845, junto a su viejo amigo Casiano del Prado, participó en la constitución de la Sociedad Palentino-Leonesa de Minas, propietaria de siete yacimientos de carbón y hierro en Sabero (León), donde además se pensaba instalar un alto horno, el primero del país. De la Sagra fue comisionado por la empresa para buscar en Francia y Bélgica un ingeniero para erigir la fábrica y así contrató en París a Philippe Paret. La fábrica, denominada Ferrería de San Blas, no estuvo operativa hasta 1847 y empleó el horno de pudelado, patentado en 1783-1784 por el inglés Henry Cort (h. 1740-1800).
 
Entre 1844 y 1847, a la vez que se dedicaba al emprendimiento, De la Sagra intensificó su actividad periodística. Fundó la Revista de intereses materiales y morales (1844), una publicación mensual editada en Madrid para difundir doctrinas progresistas a favor de la humanidad. Colaboró en la creación de El Clamor Público (1844), periódico madrileño de ideología progresista, y de El Porvenir (1845), semanario compostelano de reivindicaciones regionales pero que asimismo puede considerarse la primera publicación periódica europea en recoger un artículo inequívocamente anarquista como fue La caldera de vapor, escrito por el propio De la Sagra y donde defendía el principio de “cuanto peor, mejor” (usado más tarde por el leninismo), razón por la que el semanario acabó siendo clausurado por la autoridad. Asimismo, durante ese periodo, recabó para la administración española una colección de obras públicas y mapas topográficos de Francia y Bélgica, visitó instituciones penales y educativas holandesas, asistió en Bruselas a una exposición de productos industriales y a congresos penitenciarios y de economistas, y publicó datos estadísticos de Madrid. 

En 1848, ya instalado en París, De la Sagra expuso su idea de ciencia social ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas y ayudó a Proudhon en el proyecto del Banque du Peuple, una sociedad destinada a demostrar la viabilidad económica del crédito casi gratuito. Formado en enero de 1849, el banco tenía un capital de cinco millones de francos dividido en un millón de acciones. En lugar de moneda, el banco emitía bonos a cambio de dinero en efectivo o de efectos comerciales de calidad, realizando préstamos a un bajo interés del dos por ciento (aunque con la idea de llevarlo a un porcentaje mínimo del 0,5). Sin embargo, aunque contaba con unos 12000 asociados, el proyecto no fructificó debido al escaso capital suscrito (apenas 18000 francos) y a la confusa situación política resultante de los sucesos revolucionarios del año anterior, que llevó al gobierno francés a detener a Proudhon y ordenar la expulsión de De la Sagra a España. 

Una vez en Madrid, desengañado de los movimientos revolucionarios, el ideario progresista de De la Sagra viró hacia posiciones menos radicales y más proclives a la defensa del orden social frente a las amenazas suscitadas por el anarquismo, el socialismo o el universalismo democrático. Sus intereses intelectuales se centraron en cuestiones como las capacidades de los niños ciegos para el cálculo o la historia de la prostitución. Siguió viajando por Europa, asistiendo a la Gran Exposición de Londres (1851) comisionado por el gobierno español o al Congreso de Higiene Pública (1852) y al de Estadística (1853), ambos celebrados en Bruselas.

Asimismo, volvió a hacer uso del sistema español de propiedad industrial en dos ocasiones. En 1851, solicitó desde Londres un privilegio de introducción (nº 831) a favor de una máquina destinada a separar el oro de las arenas y tierras auríferas. Inventado por un ingeniero mecánico llamado J. Pierret y residente en París, el aparato contaba con un ventilador cuya corriente de aire, graduable a través de una manivela y un plano inclinado, permitía separar las partículas de oro y de otros metales existentes en arenas y tierras (previamente secadas, trituradas e introducidas en el aparato a través de una tobera), pudiendo ser finalmente recogidas las sustancias valiosas en unos canales con facilidad. La ausencia de expediente administrativo en este privilegio nos impide conocer si fue concedido o no.

Un año después, De la Sagra obtuvo otro privilegio (nº 947), también para introducir tecnología extranjera en nuestro país (aunque sin especificar su procedencia o su inventor). En esta ocasión, se trataba de un procedimiento para fabricar yeso, cal, ladrillos o tejas aprovechando la gran cantidad de calor desprendido por los hornos de coque. El método podía aplicarse de dos formas, directa o indirectamente. En el primer caso, se usaba un horno de coque de acción continua en cuyo interior se depositaban varias retortas de hierro colado conteniendo yeso crudo o piedra caliza quebrantada en pedazos, de manera que el fuego del horno calentaba las retortas exteriormente hasta que se produjese la calcinación de la sustancias albergadas, momento en que las retortas podían ser vaciadas a través de una abertura y extraídas por un extremo del horno a fin de ser sustituidas por otras. Indirectamente, la operación se realizaba aplicando aire caliente o vapor de agua sobrecalentado procedentes del horno de coque a los materiales a calcinar ubicados en otro horno al efecto. En la memoria descriptiva del privilegio, De la Sagra manifiesta la intención de establecer una fábrica donde implementar esta tecnología y donde serían necesarios tres tipos de hornos (de coque, retortas de calcinación directa y hornos de calcinación indirecta), además de una máquina movida a vapor para moler y tamizar.

En 1853, se dio a conocer un sistema de lectura (más bien para clasificar la información) inventado por De la Sagra para su propio uso, razón por la que no llegó a protegerlo bajo patente. El método constaba de un gran número de tarjetas (más de 18000). Colocadas en cartones por orden alfabético y de materias, las tarjetas se dividían en dos partes. La primera contenía las citas de ideas tomadas de libros, periódicos, actas, discursos o lecciones. La segunda se ocupaba de los “teoremas” o verdades deducidas de la lectura y la  reflexión acerca de diferentes disciplinas (economía política y social, agricultura, industria, derecho, historia, filosofía, moral o religión). Entre las ventajas del método se encontraban el aliviar la memoria, poder organizar las ideas atendiendo a sus vicisitudes históricas, simplificar enormemente la búsqueda de datos y garantizar la adecuada erudición. Por ejemplo, si se trataba de escribir acerca del crédito, bastaba con ir a la colección de tarjetas correspondientes a la letra C y allí encontrar las que versaban específicamente sobre el crédito, con todas las referencias a citas de autores, extractos y apuntes sobre dicha materia, además de las reflexiones (teoremas) hechas por el autor sobre el asunto.

En 1854, volvió a ser elegido diputado, otra vez por Lugo, aunque ahora en las listas del Partido Progresista. En el Congreso, denunció el traslado
a Cuba de unos 1700 colonos gallegos en régimen de semiesclavitud por parte de la Compañía Patriótica Mercantil, perteneciente al también diputado Urbano Feijóo Sotomayor (1798-1898). Tras renunciar a su escaño en julio de 1855, De la Sagra retornó a la capital francesa, donde estuvo de comisionado para el gobierno español en la Exposición Universal de ese año. En esta nueva etapa, De la Sagra derivó hacia las posiciones del movimiento integrista, netamente conservador, crítico con las ideas progresistas, calificadas de utópicas e irrealizables, y asimismo defensor de la monarquía, del catolicismo más intransigente e incluso de la pervivencia de la esclavitud como un doble instrumento de redención, tanto para que los amos expiasen sus pecados terrenales a través del buen trato hacia los esclavos como para que estos ganasen en este mundo la promesa de una vida de recompensa eterna gracias al sufrimiento y la sumisión. Este giro le valió no pocos sarcasmos de la prensa liberal y progresista española.

En 1857, finalizó la pensión que recibía desde que abandonara Cuba, por lo que su situación económica se vio afectada considerablemente y tuvo que dedicarse a la traducción de obras científicas y a servir como cónsul de Uruguay en París. No obstante, en 1859, recibió una ayuda del gobierno español para actualizar su Historia de Cuba, razón por la que regresó a la isla por última vez, permaneciendo allí hasta 1860, recogiendo datos sobre instituciones docentes y de beneficencia, bancos, ferrocarriles, comunicaciones costeras y sociedades mercantiles. En 1866, volvería a ser convocado por el gobierno español para formar parte en Madrid de una comisión encargada de estudiar reformas para Cuba y Puerto Rico a partir de la quejas de sus habitantes. En 1871, a consecuencia de la comuna revolucionaria, salió de París rumbo a Suiza, a la casa que un amigo suyo tenía en el pueblecito de Cortalloid (Neuchâtel), donde moriría a la edad de 73 años.

Ramón de la Sagra fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana (1822), Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz (1824), Academia de Ciencias Médicas de La Habana (1826), Sociedad Horticultural de Nueva York (1835), Ateneo Científico y Literario de Madrid (1837) y Academia de Ciencias Morales y Políticas de París (1837).

Autor y editor: Luis Fernando Blázquez Morales
Noviembre de 2019

BIBLIOGRAFÍA

SAGRA PERIS, Ramón de la:
- Anales de Ciencias, Agricultura, Comercio y Artes; La Habana, Oficina del Gobierno y Capitanía General, 1827-1831; en: http://biblioteca.galiciana.gal/pt/publicaciones/numeros_por_mes.cmd?idPublicacion=1
- Historia física, política y natural de la isla de Cuba; París, Arthus Bertrand, 1842-1855; en: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000177406
- Atlas carcelario; Madrid, Imprenta del Colegio Nacional de Sordo-Mudos, 1843; en: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000137338
- Informe sobre el cultivo de la caña y la fabricación del azúcar en las costas de Andalucía; Madrid, Imprenta del Colegio Nacional de Sordo-Mudos, 1845; en: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000116031
- Proyecto de las bases orgánicas de la empresa azucarera; Madrid, Imprenta de la Guía del Comercio, 1845; en: http://biblioteca.galiciana.gal/pt/consulta/registro.cmd?id=4445
Un repertorio digital de las obras de Ramón de la Sagra puede encontrarse en:
- Galiciana (Biblioteca Dixital de Galicia): http://biblioteca.galiciana.gal/pt/consulta/resultados_navegacion.cmd?id=33156&forma=&posicion=1
- Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España: http://bdh.bne.es/bnesearch/q/Ram%C3%B3n%20de%20la%20Sagra
CAMBRÓN INFANTE, Ascensión:
- Ramón de la Sagra. Un gallego ilustrado; Anuario da Facultade de Dereito da Universidade da Coruña, nº 2, 1998, pp. 215-228; en: http://hdl.handle.net/2183/1948
- Un proyecto industrial utópico en las costas andaluzas: Ramón de la Sagra (1844-1847); Jornadas Andaluzas de Patrimonio Industrial y de la Obra Pública, Sevilla, 2010; en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4502631
QUIRÓS LINARES, Francisco; Ramón de la Sagra (1798-1871); Ería: Revista cuatrimestral de geografía, nº 26, 1991, pp. 229-242; en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=34754
SÁNCHEZ COBOS, Amparo: Ramón de la Sagra y la esclavitud acomodada. Colonialismo y abolición en Cuba a mitad del siglo XIX; Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 44, nº 1, pp. 223-258; en: https://revistas.unal.edu.co/index.php/achsc/article/view/61226/57974
SÁNCHEZ HORMIGO, Alfonso: The Doctrinal Journey of Ramon de la Sagra. From his Lecciones de Economía Social to the 1848 Revolution (1838-1849); en: https://www.fundacionico.es/wp-content/uploads/2018/12/34-DE-LA-SAGRA-INTRODUCTORY-STUDY.pdf
IMÁGENES:
OEPM: privilegios nº 683, nº 831 y nº 947 (firma)
http://oa.upm.es/416/1/06200417.pdf (retrato)
http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000016817 (mapa de Cuba, 1841)
https://www.thechemicalengineer.com/features/cewctw-edward-charles-howard-and-norbert-rillieux-sugar-plantation-slavery-and-the-birth-of-chemical-engineering/ (aparato evaporador de Edward Charles Howard)
http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000137338 (sistema de ruedas mecánicas del penal británico de Petworth, recogido por De la Sagra en su Atlas Carcelario)
http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000137338 (proyecto de Aníbal Álvarez para una prisión panóptica, recogido por De la Sagra en su Atlas Carcelario)
https://www.geocaching.com/geocache/GC7K6QB_antigua-azucarera?guid=deb38dae-2fb6-4f80-9df1-105791ee7d3c (edificio de la antigua azucarera El Porvenir en Torre del Mar, hoy convertido en un centro cultural)
https://linactuelle.fr/index.php/2019/02/12/proudhon-thibault-isabel-salariat/ (acción del Banco del Pueblo)